Tarde o temprano, una silueta

«La verdadera felicidad siempre parece bastante pírrica en comparación con la necesidad de sobrecompesar que implica la desgracia. Y, por supuesto, la estabilidad nunca es tan espectacular como la inestabilidad. Además, estar contento carece del glamur de una buena lucha contra la adversidad, o de lo pintoresco de enfrentarse con una tentación; y tampoco cuenta con el atractivo de una caída fatal por culpa de la pasión o la duda. La felicidad nunca es grandiosa».

Aldous Huxley, Un mundo feliz (1932).

La ironía impregna cada palabra de este fragmento del autor británico; porque, si bien es cierto que la grandeur se halla completamente ajena de la felicidad cotidiana, las penurias, la tristeza y el sentimiento de fracaso solo se magnifican cuando devienen el centro de historias de aliento trágico o épico en manos de los artistas. En el mundo real, el dolor es solo dolor, mientras que la felicidad, por el contrario, proporciona una ilimitada miríada de posibilidades: alegría, belleza, risas, curiosidad, energía, sueños, plenitud, creatividad, salud… El poeta Émile Verhaeren decía que «solamente la realidad tiene derecho a ser inverosímil. El arte, nunca. He ahí por qué el arte no debe confundirse con la vida». Que algo tan positivo como sentirse feliz resulte ineficaz como materia ficcional prueba esa inverosimilitud —¿O deberíamos llamarla magia?— que cruza nuestras vidas de principio a fin. Lo aburrido no puede ser el centro de interés de una obra de creación, y, por lo tanto, suponer que tu vida es inferior porque no la traspasa «el sufrimiento elevado» que acuña el anónimo narrador protagonista de Memorias del subsuelo (1864) de Fiódor Dostoievski es cometer el error que el autor belga señalaba: confundir el arte con la realidad.

“Lámina 15”, Jered Sprecher (2006)

“En el mundo real, el dolor es solo dolor, mientras que la felicidad, por el contrario, proporciona una ilimitada miríada de posibilidades: alegría, belleza, risas, curiosidad, energía, sueños, plenitud, creatividad, salud…”

Y es que nunca deberíamos olvidar que, en un mundo donde los grandes enigmas de la existencia hubieran sido resueltos, posiblemente la creación artística dejaría de tener el más mínimo sentido o, si acaso, apenas sobreviviría en su vertiente degradada: el entretenimiento. El arte, como la ciencia, pretende dar una respuesta satisfactoria a esos grandes enigmas; la diferencia entre ambas disciplinas es su método, pues el científico parte de una observación empírica que le permite construir hipótesis que va contrastando mediante experimentos de prueba/error. El artista, en cambio, parte de sus propias experiencias personales —tanto vitales como intelectuales— para buscar, mediante la inteligencia, la intuición y la cultura, una imagen, un símbolo, que contenga esa explicación ulterior del todo. En ambos casos, es esa carencia lo que motiva a científicos y artistas a su oficio, a «hacer».

Retrato de Erich Fromm a partir de una fotografía (c. 1974).

Pero en la felicidad se produce la plenitud. No hay preguntas ni dudas, porque todas las respuestas se encuentran en su seno, en su mero ser. Cuando se es feliz, uno está en armonía consigo mismo y con cuanto le rodea. Y aun cuando el mundo en el que se viva pueda ser terrible, la felicidad es como un grueso escudo que, más que aislar, protege a quien la siente de la injusticia, la indignación, el odio o la rabia. Es más: si la felicidad llama a tu puerta, te vuelves más generoso, más divertido, más amable. Esto lo sabe quien realmente se ha sentido feliz, feliz por completo, en algún momento de su vida. Es como estar levemente achispado en compañía de gente a la que más o menos aprecias: de pronto tu amor por ellos se agranda hasta límites insospechados, y estás dispuesto a perdonar cualquier pasada rencilla, sea esta nimia o de gravedad.

“Lago, estado de Nueva York”, Louis Stettner (1952).

Desde luego, la felicidad es muy esquiva, básicamente porque no solemos tomarla como punto de referencia a ella, sino a su opuesta, la desdicha. No sé si ello se debe a la moral judeocristiana del mundo occidental, que parte de un concepto de culpa que, a su vez, implica la pérdida de una gracia, de un paraíso, a causa de nuestros actos deleznables. En todo caso, siempre reconocemos la felicidad cuando la perdemos, no antes; y si alguna vez la volvemos a recuperar, nos atenaza tanto el miedo de volver a quedarnos sin ella que, a menudo, no la disfrutamos como deberíamos… con lo que deja de ser realmente felicidad y se convierte en un pálido reflejo de ella (recordémoslo: la felicidad se basta por sí misma, y como tal, o es completa o no es). Esa sensación de definir la felicidad por el vacío que deja, no por su presencia, recuerda a la forma en la que los astrofísicos infieren la existencia de la materia oscura a partir de los efectos gravitacionales que ejerce sobre otros cuerpos cósmicos. En la película Tierras de penumbra (1993), su protagonista, C. S. Lewis (Anthony Hopkins), rememoraba uno de sus escritos, que claramente simbolizaba el concepto de vivir en un Valle de Lágrimas de la religión católica y la promesa de una vida eterna —y mejor— en el Más Allá. Sin embargo, el devenir de la trama terminaba por convertir dicha historia en verdadera metáfora de la existencia humana, con independencia de que haya un dios o no: «Vivimos en tierras de penumbra. El sol siempre brilla en cualquier otro lugar: al final de una curva en la carretera, en la cima de una montaña…». Así se siente también la felicidad: como ese fulgor beatífico que tratamos de aprehender pero siempre nos rehúye.

Fotograma de la película “Tierras de penumbra” (1993) de Richard Attenborough.

“Siempre reconocemos la felicidad cuando la perdemos, no antes; y si alguna vez la volvemos a recuperar, nos atenaza tanto el miedo de volver a quedarnos sin ella que, a menudo, no la disfrutamos como deberíamos… con lo que deja de ser realmente felicidad y se convierte en un pálido reflejo de la misma.”

Y, sin embargo, la felicidad no solo existe sino que está relativamente al alcance de nuestra mano. Primero, porque viene terriblemente condicionada por nuestra perspectiva, de manera que puede ser más feliz un niño humilde jugando con los botones del cesto de coser de su madre que un niño rico haciendo lo mismo con los últimos y más deslumbrantes artilugios de la inventiva juguetera. Segundo, porque hay un número infinito de cosas que nos pueden proporcionar la felicidad, puesto que esta no funciona como un estado perenne, sino acumulativo, es decir, de pequeños instantes de placer, de plenitud, de realización, de equilibrio. La felicidad, por tanto, casi siempre radica en las pequeñas cosas: esa ropa que realza nuestras formas y nos hace sentir tan atractivos; ese plato que tan bien cocinan en nuestro restaurante favorito; ese futbolista al que vemos volar sobre el césped y dar la victoria a nuestro equipo; esa novela que acabamos con la mente y el espíritu elevados; esa imagen que nos emociona en cuanto la miramos… Y, tercero —y aquí viene el gran quid—, porque el sustrato sobre el cual se cimienta la felicidad parte de un elemento que es connatural a todos los seres vivos: el amor.

“Interior con caballete”, Vilhelm Hammershøi (1912).

«¿Acaso ama una planta?», se me preguntará. «Sí», será mi respuesta. Ama lo suficiente para haber desarrollado las flores y expandir su huella en tierras colindantes; para crear frutos que cuiden a su progenie; para proporcionar aroma, comida, belleza y sombra a los animales que se acercan a ellas. Y es que, tengámoslo siempre en cuenta, hay tantas clases de amor como individuos. El Diccionario de la Real Academia Española lo define como un «sentimiento intenso» que, «partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y la unión con otro ser». ¿No es exactamente así como lleva funcionando la naturaleza desde hace miles de millones de años? En el maravilloso equilibro de la vida en nuestro planeta, incluso la lucha por la supervivencia se convierte en un acto de amor. Las diferentes especies se nutren, literalmente, unas de otras, y el progreso de los más aptos lo hace en detrimento de los más débiles, que se extinguen en un gesto altruista de sacrificio por el bien de las generaciones futuras, un hecho, no por inconsciente, menos admirable o válido. ¿Qué sucede, entonces, cuando algo tan poderoso se asocia al ser humano, ese ser que, en palabras de Carl Sagan, es «el medio a través del cual el cosmos se encarna para conocerse a sí mismo»? Pues que se convierte en el sostén primigenio de cuanto somos y, por supuesto, de nuestra felicidad.

Fotografía del astrofísico Carl Sagan.

Reflexionemos sobre ello un momento: cualquier persona, por egoísta, envidiosa, vil o mezquina que sea, ama. Puede que no sea el amor su primera tendencia emocional; puede que solo se ame a sí misma; o puede que lo único que realmente ame sean los bienes materiales. Aunque se trate de lastimeros espectros de todo lo que es capaz de ofrecer esa fuerza indestructible y portentosa que es el amor, sigue siendo, no obstante, una forma de amor. Por otro lado, a veces las circunstancias vitales parecen ponernos mil trabas para poder desarrollar el potencial amatorio que atesoramos en nuestro interior. ¿Una persona sola y aislada puede amar? ¿Una persona maltratada y a la que nunca han querido, también? ¿O alguien que ha muerto muy prematuramente y casi no ha experimentado los goces de este mundo? Sí, sin duda; y es muy posible que más que gente rodeada de amigos, parientes y colegas a los que quiere y que le quieren, y que haya tenido una vida larga y plena. El farero que impide que se estrellen los barcos, ama a esos desconocidos a los que salva constantemente la vida. Y puede que también ame los recuerdos de su infancia, los personajes de un libro, el sabor del tabaco de su pipa, las motas de polvo bailando en un rayo de luz o los sueños de un futuro que tal vez nunca se realice.

“Átomo individual en una trampa de iones”, David Nadlinger (2018).

“Sin ninguna clase de amor, es imposible que la felicidad llame a nuestra puerta; posiblemente, ni la atisbaremos en lontananza, ya que el amor es su primer detector. La felicidad es el desiderátum al que íntimamente todos aspiramos. Y sin amor no puede haber felicidad.”

En todo caso, sin ninguna clase de amor, es imposible que la felicidad llame a nuestra puerta; posiblemente, ni la atisbaremos en lontananza, ya que el amor es el primer detector de la felicidad. Si ya ha quedado demostrado que el sufrimiento es muy entretenido… cuando lo padecen desconocidos o personajes de ficción, la felicidad es el desiderátum al que íntimamente todos aspiramos. Y sin amor no puede haber felicidad. Ya lo decía el gran Erich Fromm: «El amor es la única respuesta sensata y satisfactoria al problema de la existencia humana».

“Frente a Chez Mestre”, Willy Ronis (1947).

¿Por qué califica el genio germano de «problema» a la vida de los seres humanos? Porque lo es. Ese polvo de estrellas convertido en un ente capaz de autorreconocerse es, hasta donde sabemos, una rareza única y preciosa en el universo conocido. Por culpa de ese inefable y exquisito don de la autoconsciencia, la humanidad ha padecido mucho a lo largo de sus más de 4.000 años de historia, abocada a angustiosas preguntas sin respuesta, siendo la de la mortalidad la más lacerante de todas de ellas. Puesto que somos seres limitados en el tiempo y en el espacio, ¿qué sentido tiene cuanto hacemos? No es de extrañar que dioses o reencarnaciones surgieran como respuestas inteligentes, pero ficticias en cuanto a datos objetivos, a ese eterno y angustioso interrogante. Sin la idea de la divinidad —una filosofía predominante ahora en nuestro rincón del mundo—, la vida queda reducida a un absurdo accidente carente de propósito, donde todo, absolutamente todo (las guerras, la poesía, los hijos, las catedrales, los lagos…) es fútil, trivial e insignificante. En esta línea, la felicidad o la infelicidad son, de hecho, dos etapas transitorias que padecen todas las criaturas durante el breve periodo de su paso por la Tierra, y, por tanto, resultan estados de ánimo tan baladíes como todo lo demás.

“Puesta de sol”, Xavi Solà, 2000.

“Por eso es el amor, más que nuestra capacidad de hacer, de hablar, de pensar… aquello que nos convierte, a nosotros, los seres humanos, en criaturas excepcionales, semidivinas.”

Precisamente por lo expuesto, tildar la existencia humana de «problema» no es descabellado. A poco que uno se descuide, se ve abocado a la apatía, al hedonismo o al nihilismo, tres formas de encarar nuestro lugar en el mundo que, aunque a simple vista no lo parezcan, nos alejan decididamente de la felicidad y son tremendamente peligrosas, dado que se basan en el total egoísmo, la inacción y la relativización absoluta de todos nuestros actos, no importa cuán monstruosos puedan estos llegar a ser.  Tener cubiertos con creces todos nuestros caprichos y carecer de empatía siempre implica comodidad y satisfacción; pero ambas están tan lejos de la verdadera felicidad como una fotografía de un paisaje real. De caer en semejante erial egotista, pues, solo el amor puede salvarnos, ya que, por definición, se basa en un impulso que siempre nos lleva hacia fuera de nosotros mismos, hacia el otro, no importa que este «otro» sea un perro, un reloj o una puesta de sol. Por eso es el amor, más que nuestra capacidad de hacer, de hablar, de pensar… aquello que nos convierte, a nosotros, los seres humanos, en criaturas excepcionales, semidivinas. Y es que el amor nos otorga la fuerza de 20.000 hombres, nos da la voluntad de los deportistas de élite, nos agudiza la curiosidad como si fuéramos superdotados científicos o ingenieros, nos permite contemplar nuestro entorno con la mirada alucinada y sensible de poetas y filósofos, nos emparenta directamente, en fin, con la chispa misma de la creación. Al amar, suplimos algo que nos falta, no tanto para llenar una carencia, sino para aspirar a la perfección; o mejor dicho, al perfeccionamiento de nosotros mismos, a ofrecer lo mejor de lo que somos capaces.

“Atmósfera núm. 50”, Ian Fischer (2014).

Dado que es el amor ese anhelo de plenitud, poseerlo ya supone el primer paso, esencial e inevitable, de ese prístino y rutilante palacio de diamantes que llamamos felicidad. Sin duda, a veces las nubes ocultan su brillo; o un terremoto puede hacerlo zozobrar hasta que incluso se desmoronen varias de sus puntiagudas torres. Pero nada hay más duro que el diamante. Y si sus cimientos de amor son sólidos, tarde o temprano su esbelta silueta volverá a recortarse contra un luminoso horizonte turquesa.

A Juanjo, 11-04-2020

  1. airun tarrou

    Ha sido una lectura muy reflexiva. Soy feliz porque quiero ser feliz.
    Airun Tarrou

  2. Describir este breve ensayo me sería imposible sin usar adjetivos como agudo e ilustrado, digno y elevado, sensible y conmovedor. Tu forma de hablar del amor (de cualquier tipo de amor) como puntal de la felicidad sintetiza tan bien lo que yo mismo pienso que es un halago que me hayas dedicado este escrito para celebrar mi cumpleaños. Mil gracias.
    Juanjo.

  3. me ha parecido delicioso, tierno y cargado de infinito amor. Felicidades pareja! Sois mis amantes favoritos!

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