“El Havre”: Pobres afortunados

El Havre, la última cinta Aki Kaurismäki, no supondrá ninguna sorpresa para aquellos familiarizados con el universo de este autor. De hecho, vuelve a ser un delicioso relato, entre humorista, melancólico y tierno, de las vicisitudes, realmente muy dramáticas, de un grupo de personas, más que pobres, al límite de la depauperación; un colectivo formado por viejos bohemios, inmigrantes ilegales, marineros alcohólicos, humildes tenderos de extrarradio, roqueros trasnochados… todos seres humanos que nuestra sociedad, basada en un culto pueril a la juventud y a la riqueza –así nos ha ido–, arrincona y tilda de perdedores. Sin embargo, nuevamente, el prisma de Kaurismäki antepone la bondad de los individuos a la estupidez del sistema y se erige en un canto divertido y sensible a la solidaridad, haciendo gravitar la trama en torno a la relación que se establece entre un anciano limpiabotas francés, Marcel Marx (obsérvese su nombre aliterado, cual si se tratara de un superhéroe de cómic), e Idrissa, un adolescente senegalés sin papeles de camino a Londres.En realidad, lo más novedoso que hay en El Havre respecto a las últimas producciones de su director es la ambientación de la película, esta vez situada en la costera ciudad francesa que da título a la pieza; eso, y un componente que no puede si no calificarse de mágico, cuyo sentido de lo milagroso evoca al Capra de Qué bello es vivir (1946) o al De Sica de Milagro en Milán (1951). Y es que la trama de la cinta se ajusta al apólogo clásico de la caridad bien entendida y, por ello, bien recompensada, de ahí que sea sintomática la mención que Marcel hace sobre la adecuación de su oficio al Sermón de la Montaña.

En cualquier caso, los suburbios retratados en El Havre en poco se diferencian a los que aparecen, por poner un ejemplo, en Un hombre sin pasado. Y lo mismo hay que decir de sus principales caracteres, empezando por la presencia de la actriz fetiche de Kaurismäki, Kati Outinen, y siguiendo por su protagonista, nuevamente un antihéroe modesto y perseverante que parece recién caído de la luna, interpretado con convicción por el veterano André Wilms.Precisamente en El Havre reencontramos con placer algunas de las claves estilísticas que cimentan el merecido prestigio del realizador finlandés. Por un lado, tenemos ese hieratismo que caracteriza las interpretaciones de los actores, engrandecido por unos diálogos absolutamente irreales que nada tienen que ver con los estereotipos sociales, vitales y culturales que cada uno de ellos encarna; unas conversaciones a veces propias del teatro del absurdo, cuando no cercanas a haikus humoristas. Igualmente, partimos de ese gusto por las historias cotidianas y el relato pausado de las mismas, estructurado mediante tiempos muertos y diálogos banales preñados de detalles insignificantes (sus concomitancias con la filmografía de su amigo Jim Jarmusch son evidentes). Por otro lado, se evidencia la reivindicación de los outsiders desde una perspectiva ella misma marciana, que evita buscadamente el patetismo, y, finalmente, le pone la guinda a todo ello una comicidad surrealista, alienígena, que remite a Buster Keaton y que parte de esa capacidad, tan testaruda como ingenua, que muestran sus protagonistas para no ser contaminados por las convenciones de un mundo enfermo y patético, demasiado mezquino, mediocre y banal para hacer de la bondad, la generosidad y la honestidad valores a tener en cuenta.Así que, si estáis hartos de oír hablar de la crisis como si fuera un fatum ineludible impuesto por las Parcas (lo que permite obviar la intrínseca perversidad del sistema financiero mundial y exculpar a sus responsables), y de nosotros como juguetes inoperantes a merced del destino (o de la macroeconomía, que viene a ser lo mismo), echad un vistazo a esta película, en la que la actuación de un solo hombre trastoca positivamente la vida de sus semejantes. Y conste que no me refiero ahora a Marcel, sino al “siniestro” policía que encarna Jean-Pierre Darroussin. Atención, por favor, al nombre de dicho agente de la ley: Monet, el mismo que el del autor del famoso cuadro, sintomáticamente ambientando en el puerto de El Havre, que dio nombre al movimiento impresionista. Más allá de la broma que ello implica, pensemos que es justamente la necesidad de mirar el mundo bajo otros ojos, más humanos, más personales, sin erróneos apriorismos que asocian la posesión de bienes a la felicidad, aquello por lo que aboga este sencillo y bello cuento de poco más de 90 minutos de duración. ¡A ver si tomamos nota de una vez!

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