Lecciones de historia en “La doctrina del shock”

El último estreno en nuestras salas del siempre inquieto Michael Winterbottom (acompañado de Mat Whitecross, quien ya le asistiera en Camino a Guantánamo) se corresponde, de hecho, a su antepenúltima realización. Es muy posible, pues, que hubiera quedado inédita en España, o que hubiera sido editada directamente en formato doméstico, de no ser por la repercusión que han tenido recientemente documentales de temática similar como Inside job o Vamos a hacer dinero. Aunque todas estas cintas existan a causa de la actual crisis económica, son proyectos muy diferentes, y conviene recalcar que La doctrina del shock es, básicamente, la ilustración fílmica de la tesis expuesta por Naomi Klein en su libro homónimo, publicado en septiembre de 2007, cuando la recesión daba sus primeros pasos.

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Que nadie vaya buscando en el filme, por tanto, detalles minuciosos que expliquen el porqué del comportamiento presente de los mercados o soluciones para salir de esta difícil coyuntura. La doctrina del shock sobre todo analiza las “excelencias” de las ideas económicas de Milton Friedman y la denominada Escuela de Chicago, basadas en un laissez faire llevado a sus extremos. Klein, muy presente en la pieza (mediante ponencias registradas, entrevistas, etc.), articula su discurso –pues los dos codirectores se esfuerzan por recalcar su mera posición de intérpretes– mostrando las consecuencias económicas y sociales que ha tenido la aplicación de las teorías de Friedman en los diferentes países donde han sido implementadas. Desde el Chile de Pinochet y la Argentina de Videla, pasando por la Gran Bretaña de Tacher y los Estados Unidos de Reagan y los Bush, hasta llegar a la Rusia de Yeltsin y el Irak de nuestros días, la obra llega a una conclusión tan indiscutible como demoledora: la política neoliberal que impera en gran parte de las sociedades modernas implica, simple y llanamente, que los ricos sean cada vez más ricos y que los pobres sean cada vez más pobres. O, dicho de otra forma, una destrucción sistemática de la clase media (casi se diría que a sabiendas, como para asegurar a los poderosos que no hay nadie tras ellos al acecho de medrar hasta su “trono”).

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La película se apoya en las palabras de Klein y en las imágenes, mayoritariamente de archivo, que las ilustran, acompañadas de la glosa de una voz en off, mientras que el montaje no busca tanto un comentario crítico o irónico de lo narrado, sino la reveladora acumulación de datos. Igualmente, la autora canadiense parte de un desmán médico acaecido en los Estados Unidos en los años 50 –los experimentos de control mental llevados a cabo por el doctor Ewen Cameron– para explicar lo que entiende como “doctrina del shock” (o “capitalismo del desastre”): cuando un paciente psiquiátrico recibe un electroshock –léase una guerra, un desastre natural, una crisis económica… –, se convierte en un ser desconcertado y dócil, un estado mental idóneo para manipularle (suprimir sus derechos).

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Ver La doctrina del shock y no sufrir es imposible, pues recopila vergonzantes ejemplos históricos del egoísmo humano (¿o habría que decir de la maldad humana?). Y si bien es cierto que el encarnizamiento que se hace de la figura de Friedman parece excesivo, al hacer oídos sordos a que sus supuestos nada tienen que ver con la realidad corporativa de la economía presente, no lo es menos que todo un premio nobel de Economía debería haber sido lo suficientemente lúcido para advertir que el sistema económico vigente en su país (y, por ende, cada vez más en el resto del mundo) impide cualquier posibilidad de autorregulación. Porque no es la ley de la oferta y la demanda quien lo rige, sino grandes grupos empresariales dedicados a hacerse una competencia que, en realidad, es más bien la mera práctica de “repartirse el pastel”: el monopolismo disfrazado de libre mercado. De ahí que, si bien las doctrinas de la Escuela de Chicago sean positivas sobre el papel, hayan acabado por traducirse en el imperio de la codicia y la ley del más fuerte; igual que el marxismo degeneró en un sistema de burocracia, corrupción y terror.

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A la postre, esto es lo que tenemos: un neoliberalismo feroz que va a acabar por reducirnos a todos a cenizas. Y, por mí, que me llamen demagoga y alarmista los que se aferran a su statu quo, los que niegan u obvian la evidencia por obcecación o ignorancia o los que odian recibir mazazos éticos como los que contiene esta interesante película de recomendable visionado.

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