“The Dark Knight Rises” de Christopher Nolan

La degradación de la calidad de las propuestas de ocio en las sociedades supuestamente “avanzadas” no sé si responde a una estrategia maquiavélicamente orquestada de idiotizar a la masa –por aquello de tener rebaños sumisos– o si, simplemente, es fruto de la completa alienación de la cotidianeidad media de quienes manejan los hilos de la industria del entretenimiento.

En cualquier caso, cuesta encontrar propuestas de consumo, en la gran o la pequeña pantalla, que aúnen reflexión y diversión, dos conceptos que no deberían ser antagónicos, más bien todo lo contrario, pues, desde el mismo nacimiento de la ficción en los relatos orales que se transmitían de generación en generación, el buen narrador conoce los trucos para mantener la atención de su público y, al mismo tiempo, transmitir su propia Weltanschauung. Desgraciadamente, la lacerante división de clases que implicó el éxito del modelo urbano y la economía monetaria convirtió lo cultural y artístico en un culto solo accesible a los iniciados, con unos códigos, un pasado y unas referencias imposibles de aprehender por los más desfavorecidos.

Sin embargo, por fortuna siguen existiendo autores como Christopher Nolan, capaces de entretener sin descuidar una visión de fondo profunda y coherente. Y es que, desde su misma opera prima, el realizador británico no ha hecho sino ahondar en una misma temática: la falsedad de las apariencias, esto es, la imposibilidad de certezas absolutas teniendo en cuenta que aquello que sabemos y conocemos es sencillamente producto de nuestras mentes, y, por tanto, parcial y falible; una constatación que, no por dolorosa, conduce al nihilismo o a la desesperanza, dado que en esta limitación radica precisamente la verdad oculta, subyacente y mágica de la existencia. Y si bien se contempla con un alto grado de terror trascendental, es reflejada por la gran fuerza motora –y redentora– de la vida humana: el amor. En este sentido, y pese a su estilo frío y distante, a su realización casi aséptica (con una cámara que nunca llama la atención sobre sí misma) y a su gusto por una puesta en escena de lujo y artificiosidad, las emociones de los personajes gravitan esencialmente en todos los relatos de este director y propician la implicación sentimental del espectador y la carga psicológica de su obra.

Semejante línea sigue, por tanto, su último estreno en nuestras salas, The Dark Knight Rises (El caballero oscuro: La leyenda renace), que pone un broche de oro a la serie sobre el hombre murciélago abierta con la interesante pero irregular Batmans Begins (seguramente, la más impersonal de las cintas de la trilogía, donde las obsesiones temáticas del autor se hayan reducidas a su mínima expresión) y que llegó a su cima con la insuperable El caballero oscuro. De hecho, la existencia de un filme previo tan redondo es el gran lastre de The Dark Knight Rises, pues en comparación sus defectos se agrandan. Aun así, incluso el más relevante de ellos (el exceso de subtramas y personajes condensados en apenas 164 minutos, seguramente para evitar la barrera psicológica de las tres horas que tanto disgusta a productores y distribuidores) no impide que Nolan haya dado a luz una pieza de una amenidad apabullante, que funciona como un preciso artilugio mecánico, apoyada en un sólido guión y unas interpretaciones excelentes (a destacar las de Michael Caine y Tom Hardy).

Las concomitancias con las películas de aventura, intriga y espionaje más puramente made in England (la saga James Bond, los filmes de Harry Palmer…) y el juego de muñecas rusas y vasos comunicantes, con una trama que va escondiendo paulatinamente una nueva sorpresa y que se retrotrae al pasado y salta hacia el futuro, sustentan una deslumbrante función que, entre truco y truco de prestidigitación, mantiene una impecable verosimilitud y deja nuevos resquicios para los demonios particulares del director (véanse las identidades cambiantes de casi todos los protagonistas de la cinta), así como para apuntes de crítica sociológica de raigambre noir (o Bane convertido en una especie de Hitler posmoderno aprovechándose de la codicia de los poderosos y de la desesperación de los pobres).

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Poca cosa queda añadir salvo una ferviente recomendación de su visionado; una vez más, este londinense de mediana edad ha demostrado que cultura y ocio solo están separados en las mentes de los elitistas, los clasistas y los esnobs.

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