“Casa de tolerancia (L’Apollonide)” de Bertrand Bonello

Primera película del realizador francés Bertrand Bonello estrenada comercialmente en nuestras salas, Casa de tolerancia. L’Apollonide (2011) retrata la existencia de un grupo de prostitutas en un burdel parisino de lujo a caballo entre los siglos XIX y XX. Desde la primera secuencia, construida sin engarce casual, in media res y cronológicamente desordenada, el director deja clara su voluntad de rehuir una caracterización realista de dicho ambiente y, sin bien el filme no es parco en detalles sobre la cotidianidad de las mujeres que habitan en el prostíbulo (qué tipo de higiene personal siguen rutinariamente; cuál es su alimentación; a qué prácticas sexuales son sometidas; cómo administra la madame sus beneficios, etc.), es obvio que dichos detalles aparecen por contraste al entramado simbólico sobre el cual se articula la pieza, en última instancia reflejo de una forma de entender la sexualidad que, según evidencia el sorprendente –y doloroso– final de la obra en imagen digital, ya forma parte del pasado.

En coherencia con dicho propósito de captar la esencia de una época más que de reconstruirla, Bonello opta por una narrativa opaca, pictórica y sensualista, con perezosos travellings laterales y ensimismados primeros planos, donde cada encuadre se halla desbordado por objetos, vestidos, cuerpos, colores, formas y texturas, con una fotografía, una puesta en escena y un vestuario que actúan como los eslabones de la inmensa cadena que aprisiona la frágil belleza de los rostros de las meretrices. El refinamiento y la brutalidad, el eros y el thanatos conviven en ese microcosmos en apariencia entregado a la evasión, la libertad y el placer, y en realidad asentado sobre el sufrimiento, el abuso y la miseria: una atmósfera tan elegante como decadente, cimentada sobre el uso anacrónico de la música diegética (v. gr. las jóvenes bailando al son de “Nights in White Satin” o tarareando espirituales negros, cantos de esclavos como ellas); sobre el empleo de pantallas partidas para recoger acciones simultáneas en distintos puntos de la casa de tolerancia, o sobre la presencia continua de imágenes metafóricas que evidencian la inocencia truncada de quienes viven al amargo amparo de esas paredes adamascadas (v. gr. los pétalos que blandamente caen de un ramillete de rosas blancas; la pantera negra domesticada y cosificada, reducida a mero objeto decorativo…).

En este sentido, y pese al carácter coral del relato, donde cada una de las protagonistas carga consigo su propia tragedia personal, desde la que ejerce el oficio por primera vez hasta la señora que regenta el establecimiento para poder mantener a sus dos hijos, pasando por la oscura y omnipresente amenaza de la sífilis que terminará por cobrarse sus víctimas, la cinta condensa toda su potencia alegórica en torno a la figura de Madeleine (Alice Barnole), cuya mutilación la convierte en epítome de esa pantomima que todas deben representar cada noche con los clientes; así, como El hombre que ríe de Víctor Hugo y Paul Leni, o el jóker de Bob Kane, la sempiterna mueca de su rostro es una máscara que no puede quitarse ni en los días de asueto, una cicatriz física de esa laceración anímica sufrida ante la trasmutación de su príncipe azul en el más abyecto de los villanos. Los ropajes exóticos, los antifaces, las personalidades inventadas, los sobrenombres, los idiomas imaginarios, el champán y el opio son las herramientas que las cortesanas emplean para satisfacer las pulsiones eróticas de sus clientes pero, sobre todo, para intentar mantener su integridad emocional y su cordura; pero Madeleine ha quedado atrapada en su propia fantasía, por virtud de una enfermiza fantasía ajena, de ahí que finalmente su descabellado sueño se torne, de forma cruel y retorcida, en realidad.

L’Apollonide es una obra cuya malsana exquisitez logra la difícil meta de conmover sin predicar, mediante la sutil plasmación de un guión, escrito por el propio Bonello, cargado de tristeza y fatalismo; de un tono contenido y pausado, a juego con la desintegración de la aristocrática –e hipócrita– realidad que retrata, la acción avanza sin estridencias, en una espiral onírica e hipnótica de sugerencias sensoriales, cercanas a la sugestión evocadora de un perfume dulzón e intenso. Con Ophüls y Visconti como referentes, el autor galo lleva a cabo un filme cincelado, perfecto, en el cual el egoísmo humano se revela, bajo capas y capas de seda, raso y terciopelo, brutal, despiadado y estéril, ayer tanto como hoy. Como bien apunta Marie-France (Noémie Lvovsky): las copas que con tanto deleite frotan parroquianos y empleadas, explotadores y explotados, en busca de ese sonido tan calmante como ajeno, antinatural, no son de cristal, sino de simple, barato, vidrio. Como lo es el amor que se mercantiliza.

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