La última película de Wim Wenders cuenta con una anécdota tan exigua que bien podría haber sido un cortometraje de veinte minutos, aparte de que narra una historia tan universal y atemporal que bien podría haberse ambientado en cualquier otro punto del planeta. Y, sin embargo, una vez vista Perfect Days (2023), resulta imposible disociarla de Japón ni recortar un minuto de su metraje. Ello sucede por dos razones: la primera, y con respecto a la construcción iterativa del discurso, resulta que la plasmación de la rutina del protagonista, Hirayama (un inmenso Koji Yakusho), sumerge al espectador en una suerte de estado de trance que le prepara mentalmente para el clímax emocional del relato. De hecho, y a la zaga de los pioneros del minimalismo musical, los actos repetidos que cada día ejecuta Hirayama constituyen un «tema» central —la psicología del personaje— sobre el cual se van añadiendo sutiles «variaciones» —la inesperada llegada de Niko (Arisa Nakano), el encuentro con el desconocido junto al río…—, para, finalmente, eclosionar en una «coda» que provoca una catarsis en el ánimo del oyente/espectador —la memorable secuencia de cierre—.

En cuanto a la segunda razón, al encontrarnos ante una propuesta que pone el foco en la cotidianidad como una suerte de superficie acuática o especular bajo la cual se esconden y bullen infinitos elementos, es imposible no evocar al maestro de este tipo de cine sutil y elíptico, apegado al realismo y a los microcosmos de sus criaturas: Yasujirō Ozu, y a través de él, a algunos de sus alumnos aventajados, como Yôji Yamada o Hirokazu Kore-eda. En consecuencia, que Perfect Days se halle localizada en Tokio no es accidental, sino toda una declaración de intenciones de Wenders, quien de esta guisa patentiza tanto sus influencias como refuerza la honestidad y desnudez de un filme cuya gran baza es saber transmitir un delicado mensaje ético y espiritual sin empañarlo con moralinas de ninguna índole y confiando plenamente en la inteligencia y la sensibilidad de su audiencia.

En este sentido, lo primero que advertimos de la cinta es su canto a los pequeños placeres de la vida y la constatación de la poesía que puede anidar en la existencia más aburrida y trivial que imaginar cupiera, en la estela de Paterson (2016) de Jim Jarmusch, autor con quien Wenders tiene muchos puntos en común. Ahora bien, conforme se vayan produciendo alteraciones en esa tranquilidad cotidiana en la que transita Hirayama, poco a poco se trasciende el elogio de lo efímero apuntado en favor de una lúcida reflexión sobre los mecanismos de la felicidad.
«Un filme cuya gran baza es saber transmitir un delicado mensaje ético y espiritual sin empañarlo con moralinas de ninguna índole y confiando plenamente en la inteligencia y la sensibilidad de su audiencia.»
Porque, admitámoslo: Hirayama, más que disfrutar de esos detalles de gracia divina que a menudo nos otorga de forma insospechada el día a día, vive literalmente recluido en ellos. No es casualidad que todas las canciones que escuche sean emblemáticas odas a la resiliencia, a la aceptación serena de la adversidad y a la alegría que producen las cosas sencillas. Como tampoco lo es que los sueños del protagonista jueguen un destacado papel dentro de la filmación; y es que, parafraseando a Yeats, son lo único que un hombre humilde atesora.

Y pocas personas pueden ser consideradas más humildes que Hirayama, que limpia y mantiene los baños públicos de la ciudad de Tokio y que, pasada la mediana edad, vive completamente solo en una casa minúscula y sin comodidades. Asimismo, y aunque todo el peso temático y narrativo de la obra se asiente sobre los hombros de este personaje, hasta casi la mitad de la misma apenas si pronuncia un par de palabras. Son sus actos, sus expresiones, su forma de escuchar y de observar a los demás lo que determina su personalidad afable, dulce, sosegada y generosa, pero también retraída y lejana, resultado de un deseo patente y no confeso de ser invisible. Cuando se nos den leves pinceladas de su pasado, podremos vislumbrar el porqué de que alguien culto —devora clásicos literarios uno tras otro— y creativo —su proyecto fotográfico— desempeñe con un celo encomiable una faena tan claramente por debajo de sus capacidades, mientras mantiene escasas interacciones con las personas que le rodean, ni siquiera con aquellas por las que siente simpatía, afecto o incluso amor.

Para Hirayama, igual que para las plantas que cuida con mimo, vivir significa «nutrirse» del entorno, de la luz, del agua y de los alimentos, tanto físicos como espirituales: comida, música, poesía… Y si conforma un «ecosistema» con sus semejantes, se comunica con ellos de manera análoga a como lo hace la vida vegetal: desde la distancia, a través de miradas, sonrisas o notas anónimas y ocultas en un impersonal cuarto de baño. De hecho, si algo caracteriza el devenir existencial de Hirayama es la soledad: y pocas realidades producen más dolor, alienación y desarraigo, como bien saben aquellos que alguna vez se han sentido profundamente solos, que la carencia de compañía; y ello a pesar de que resulte, si no obvio —nada hay obvio en este haiku hecho celuloide—, sí bastante probable que esa reclusión sea autoimpuesta.

Según lo expuesto, ¿por qué el perfil de una persona que fácilmente nuestra sociedad calificaría de «perdedora» se agranda ante nuestros ojos hasta convertirse en epítome de dignidad humana? Porque Hirayama no solamente vive en encomiable coherencia con su determinación de reducir el contacto con los demás a mínimos para —probablemente— ni dañar ni ser dañado, sino que, asimismo, una vez tomada esa complicada decisión, se niega a malgastar el tiempo que le queda sintiendo decepción, rencor o tristeza. En esos universos diferentes que cada uno de nosotros habitamos, como el propio protagonista le indica a Niko, Hirayama ha tomado el camino más arduo, el más responsable, pero lo ha compensado mirando cada mañana hacia el cielo y sonriendo.
«Poco a poco, la película va trascendiendo el elogio de los pequeños placeres de la vida en favor de una reflexión, tan lúcida como melancólica, sobre los mecanismos de la felicidad.»
Desde luego, la excelente interpretación de Yakusho, asentada en los silencios y los gestos, contribuye con decisión a que simpaticemos con este modesto conserje, quien, teniendo todas las razones para dejarse llevar por la desesperación, cultiva la felicidad con el mismo esmero y cariño que lo hace con esas plantas que tiene en su hogar. Y una felicidad de raíces sólidas, cabría añadir, pues no se halla supeditada a elementos externos a su ánimo ni a las posesiones materiales. El arte es, en puridad, el principal sostén sobre el que edifica, con intención y consciencia, dicha felicidad; pero también la «abona» con la satisfacción personal y ética de un trabajo óptimamente desempeñado, con algún pequeño lujo —léase cenar fuera de casa— o con la admiración platónica hacia una mujer.

En pocas palabras, a pesar de que Perfect Days sea una película hondamente melancólica, es capaz, no obstante, de transmitirnos una sensación de plenitud y de paz, merced a la ontología humanista sobre la que se cimienta. Un protagonista cercano y creíble, y su aceptación serena y adulta del infortunio a cambio de su propia integridad —simbólica y emocional— nos hacen creer que, de proponérnoslo, podemos dejar de ser juguetes del destino y fluir con él, en una visión filosófica de origen oriental que evoca poderosamente a El río (1957) de Jean Renoir. No es ningún secreto, al respecto, que la vertiente más práctica del budismo, esa que se centra en el comportamiento de las personas, tiene muchos puntos de contacto con la moral existencialista.
«La portentosa realización de Wenders, capaz de contar varias veces las mismas acciones en los mismos espacios sin caer en la monotonía ni tampoco en el efecto epatante huero, logra transmitir al espectador un sentido de lo trascendente en medio de lo cotidiano.»
La portentosa realización de Wenders, que logra contar varias veces las mismas acciones en los mismos espacios sin caer en la monotonía pero, lo que es incluso más excepcional, ateniéndose a los márgenes de una narrativa directa y realista, sin recursos visuales especialmente llamativos ni vistosos, consigue transmitir al espectador un sentido de lo trascendente en medio de lo cotidiano, tejiendo un conmovedor tapiz del discurrir de la vida actual mediante la perspectiva de un marginado, esto es, de un ser humano que ha elegido nadar a contracorriente, y cuya existencia deviene efigie de integridad en una sociedad donde ser honrado o consecuente son valores a la baja. De ahí que la película bien podría haber suscrito las palabras que Marco Antonio le dedica a Bruto al final de la tragedia de Julio César de Shakespeare: «Su vida fue pura, y los elementos que la constituían se combinaron de tal modo que es como si la naturaleza se hubiese puesto en pie para decirle al mundo entero: “¡Éste fue un hombre!”».

nice!! «Perfect Days» (2023) de Wim Wenders