“Un profeta”: Cabeza de ratón

Iniciado en el cine como guionista, Jacques Audiard se coloca en los años 90 tras las cámaras para asumir la dirección de sus escritos y llevar a cabo una breve filmografía que merece ser tenida muy en cuenta dentro del panorama cinematográfico galo de nuestros días. Tras su destacable remake de Melodía para un asesinato (De latir, mi corazón se ha parado, 2005), nos llega Un profeta, pieza que supone una nueva inmersión del realizador parisino en el universo, violento y perturbador, de lo que la prensa amarilla denominaría “una mente criminal”. Sin embargo, el filme no ahonda en las contradicciones psicológicas de su protagonista, sino que, por el contrario, está interesado en el dibujo, tan minucioso como ágil, del proceso de vinculación del todavía adolescente Malick El Djebena a los estamentos de poder de la prisión donde ha sido condenado, supuestamente por agredir a un agente de la ley, a un período de seis años.

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Cinta, pues, perteneciente a la muy acotada estirpe de los dramas carcelarios, se basa en la omnipresencia de los espacios cerrados y superpoblados para transmitirnos la sensación de claustrofobia, no sólo física sino también espiritual, que padecen los prisioneros. Como Audiard adopta un enfoque marcadamente realista, al mostrarnos un mundo complejo humana y moralmente, la obra supera muchos de los tópicos del género, de forma que la reflexión ético-sociológica y la crítica al mal endémico del sistema penitenciario son temas esbozados sin énfasis y sin dramatismos, mientras que, en cambio, la posibilidad de reinserción se avista como un horizonte distante pero no inalcanzable, aunque, eso sí, venga más marcada por el azar que por la propia voluntad.

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Tal vez al haber construido la narración con la estructura clásica del relato iniciático –dado que todo lo que acontece nos es mostrado a través del personaje principal, un chaval de 19 años en proceso de aprendizaje–, el director logra que su héroe (excelentemente interpretado por el semidesconocido Tahar Rahim) nunca pierda una cierta aureola de inocencia, de bondad, pese a la caída en el crimen más abyecto que va jalonando cada uno de sus actos. Malick, un superviviente nato, estigmatizado desde su nacimiento con la marginalidad, nos es mostrado la mayor parte del tiempo desde una observación extrínseca, por lo que nos es imposible descifrar qué le motiva o cuáles son sus pensamientos. Y, si no deviene un enigma para el espectador, es merced a pequeños momentos en los que la película se desvía del verismo más estricto y nos proporciona atisbos oníricos de su torturada psique: unas digresiones que permiten tanto redimirle como hacer hincapié en la pírrica victoria que, en realidad, supone para él triunfar en ese microcosmos viciado, traicionero e inmoral.

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La irónica referencia al componente profético de sus actos (componente, además, vinculado al origen árabe del joven protagonista) entronca con un sentido muy masculino de competitividad fraternal y paterno-filial y de culto a la ley del macho dominante. De hecho, los dos mentores que, de alguna manera, Malick hallará en la cárcel, serán, por decirlo suavemente, superados por él. E Incluso su buen amigo Ryad, en gran medida responsable e inspirador de su formación, acabará apartado del camino de éxito de Malick.

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Pese a una pátina de frialdad, de posicionamiento analítico que resta potencia emocional a lo narrado, Un profeta es un largometraje notable, a partes iguales vigoroso y directo e inteligente y sofisticado. En este sentido, sus 155 minutos están espléndidamente filmados, apoyados sobre todo en un hábil equilibrio entre la pornografía de la violencia y un simbolismo sutil y poético, así como en la ostentación de una cámara inquieta que se entremete en la opresiva cotidianeidad de la prisión. A ello hay que añadir las sobresalientes interpretaciones de todo el elenco, el elegante detallismo del que Audiard hace gala y su pericia para engarzar, sin perjudicar el ritmo interno de la narración, la acumulación de intrigas y conspiraciones junto a lapsos temporales en los que se detiene casi por completo la trama; alternancia ésta que responde al doble trayecto recorrido por Malick: desde la soledad hasta la compañía y desde del remordimiento hasta la revelación. Al final, más allá de la descarga de adrenalina, lo que queda es una vida triste, cruda y peligrosa: la vida como “cabeza de ratón” que Malick aprende y asume sin plantearse siquiera la existencia de una “cola de león”.

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