“Un hombre soltero”: Fuegos fatuos

Decía Federico Fellini que, a veces, por el bien de la propia cohesión interna de un filme, o de su coherencia global, era necesario sacrificar en la sala de montaje el plano más perfecto, el más bello: aquel del cual uno se sintiera más orgulloso. Viendo la película de debut de Tom Ford es inevitable acordarse de esta reflexión y comprender hasta qué punto es un consejo certero.

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Como a menudo les sucede a eminentes creadores de disciplinas ajenas al cinematógrafo, la mirada del diseñador-director está cargada de la sensibilidad artística que la experiencia ha moldeado sobre su talento, uno de los motivos básicos por los cuales peca de incapacidad para la concreción, si se quiere para la abstracción, que requiere una película a fin de devenir algo más que una sucesión de secuencias hermosas.

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A este respecto, los fotogramas cargados de belleza de Un hombre soltero consiguen el efecto contrario al manifestado explícitamente por Ford, ni más ni menos que la emoción reveladora, pues la rutilancia de la fotografía (obra del español Eduard Grau), el cromatismo de la puesta en escena, el uso incesante de la música envolvente y atildada de Abel Korzienoswki y la delectación minuciosa, casi obsesiva, en cada uno de los detalles que saturan los planos distraen al espectador de la sugerente trama, esto es, los sucesos que le acontecen durante un día crucial a George Falconer, un profesor universitario homosexual de mediana edad que ha perdido de forma repentina a su pareja, tras 16 años de perfecta convivencia. Dado que estamos hablando de 1962 y de Estados Unidos, lo que hace más terrible el drama del protagonista –ese mal llamado, con amarga ironía, “hombre soltero” en vez de “viudo”– es el hecho de que ni siquiera tenga derecho a expresar públicamente su duelo, ni siquiera sea considerado como familiar de su amado.

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Cinta basada en el libro homónimo de Christopher Isherwood, la prosa elegante y sencilla que configura la novela del escritor británico en manos de Ford muta en un alambicado compendio de manierismos visuales que ahogan toda la fuerza de la historia, una reflexión sobre el dolor y la pérdida y también un canto al amor, a la verdad, a la libertad y a la vida. Aunque la película destile una innegable capacidad para manejar los recursos y las potencialidades del medio fílmico, sus imágenes tan sólo deslumbran, no calan. Ni siquiera la gran interpretación de Colin Firth, muy bien secundado por Julianne Moore, logra impedir la aburrida sucesión de vistosas escenas que se concatenan sin producir en el ánimo y en la mente del espectador más que un leve y superficial agrado. Ello no obstante, en algún momento del largometraje se intuye la posibilidad de algo más, como si el realizador lograra escapar de la suerte de mixtura que construye entre el peor preciosismo de James Ivory y el peor barroquismo de Pedro Almodóvar; me refiero a ocasiones en las que la composición logra respirar en medio de tanto esteticismo huero y exacerbado, como, por ejemplo, el flashback que recoge la última conversación de George con el fallecido Jim, donde, por un instante, la cámara no busca el plano detalle, no hay ralentí ni movimientos forzados, no hay contrastes coloristas, no hay encuadres oblicuos, y el autor se limita a describir, con un simple (y honesto) plano-contraplano, la felicidad conyugal compartida por los dos amantes.

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En definitiva, el goce sensorial que reporta Un hombre soltero no trasciende su tono impostado ni evita el chirriante divorcio entre el fondo y la forma del relato; unas graves carencias de raíz que constatan la irregularidad global de la cinta y transmiten una no buscada sensación de artificio. Tal vez en un futuro Tom Ford, como finalmente le aconteció a Julian Schnabel en su notable La escafandra y la mariposa, logre desprenderse de esos vicios efectistas y retóricos, a base de realizar nuevas tentativas y adquirir oficio.

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