BAFF 2010: La mirada complementaria

El Festival de Cine Asiático de Barcelona, conocido por sus mucho más sonoras siglas inglesas (BAFF), volvió a las pantallas de la ciudad condal para ahondar en la difusión de una cinematografía, la del continente asiático, mal distribuida en nuestros lares y, por tanto, sólo conocida, y con suerte, en formato doméstico. Al frente de este proyecto, que ya ha cumplido doce años, tenemos el encomiable colectivo “100.000 Retinas”, el cual, a través de su “Cine Ambigú” –dedicado al pase de películas nunca estrenadas en las salas comerciales de nuestro país–, amplía periódicamente la oferta de la cartelera barcelonesa en versión original. Junto a él, se encuentra la inestimable colaboración de entidades como Casa Asia, creada con el propósito de tender puentes, y no sólo culturales, entre España y los países asiáticos, así como del museo CCCB y otros organismos gubernamentales.

Si en ediciones anteriores el festival quiso hacer hincapié en cinematografías tan peculiares como la india o tan minoritarias como la vietnamita, en esta duodécima edición tuvo especial presencia el cine surcoreano. Entre los nombres propios más destacados de esta nacionalidad se contó con la película del a veces genial, y otras errático, Kim Ki-Duk, The coast guard, o el clásico de Kim Ki-Young, The Housemaid. Otro autor de carrera muy regular, Hong Sang-Soo, compitió en la Sección Oficial con su simpática comedia Like you know It all, cinta con un tono confesional y psicoanalítico próximo a Woody Allen, al humorismo entrañablemente cruel de Alexander Payne o a las reflexiones morales de Eric Rohmer, que indaga en el carácter inevitablemente voyeurista de los amantes del séptimo arte (y, por tanto, pasivos, aburguesados y un punto infantiles). Igualmente, se recuperó el filme de Park Chan-Wook anterior a su magistral “Trilogía de la venganza”, Joint security area, donde se adivinan algunas de las posteriores obsesiones del realizador, mientras que Bong Joon-Ho, uno de los autores más potentes del panorama cinematográfico actual, estuvo representado por partida doble: de un lado, con la reposición de Memories of murder, excepcional obra, mezcla de comedia, thriller y drama, convertida en un verdadero hito de nuestros días, cuya influencia es evidente en filmes posteriores de variada procedencia geográfica (por ejemplo, en la magnífica Zodiac, de David Fincher, con la que comparte no sólo argumento sino también temática: la imposibilidad del ser humano de dilucidar la verdad a partir de una realidad compleja e inaprensible), y, de otro lado, su última, y espléndida, realización, Mother, muy similar en su amalgama genérica a sus anteriores trabajos, que cuestiona los preceptos de bien/mal e inocencia/culpabilidad y juega continuamente con los prejuicios de la audiencia a través de la desgarrada lucha de una madre por probar la inocencia de su hijo, un deficiente mental acusado de asesinato.

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En cualquier caso, la gran novedad de la última edición del BAFF fue una amplia sección dedicada al anime, que bien puede decirse inició su andadura por la puerta grande, al agotar las entradas para los tres pases del estreno europeo de Once Piece Film: Strong World, del debutante Munehisa Sakai, que sintomáticamente se alzó con el Premio del Público. El BAFF Anime permitió acercar la muestra a un perfil de espectador más amplio que el meramente cinéfilo, pero ello no significa que este apartado naciera exclusivamente con la finalidad de recaudar fondos, sino que, por el contrario, gran parte del mismo se dedicó a la reposición, de manera totalmente gratuita, de clásicos o de pequeñas joyas de esta parcela del cine de animación, como la primera entrega de la saga Evangelion o The Sky Crawlers, del realizador de la archifamosa Ghost in the Shell.

One piece_Strong_World

Por lo que respecta al resto de películas proyectadas, y según viene siendo habitual en este certamen, se intentó que hubiera una representación multinacional lo más surtida posible. La preponderancia de Corea del Sur y, en menor medida, de Japón y Filipinas (las tres naciones, por cierto, al frente del filme Jenjou digital Project 2009: Visitors) nos dejó películas de muy diversa índole, como la surcoreana Paju, obra de clara raigambre católica, asentada en la idea de culpa, castigo y redención, con un portentoso guión escrito por la propia directora, Park Chan-Ok, digno de un novelista decimonónico, sobre el cual, sin embargo, se operan forzados flashbacks –quizá con el propósito de apartar de él su aire melodramático–, lo que a la postre perjudica todo el conjunto, o Parade, de Isao Yukisada, cinta japonesa que se va deslizando, imperceptiblemente, desde su carácter de sitcom juvenil a un desolador retrato sobre la realidad de una generación saturada de información superficial (televisión, mensajes de móviles, Internet…) y, en consecuencia, obligada a vivir de las apariencias y a establecer relaciones huecas, sin fondo.

Paju

También de Japón procedía Where are you?, de Masahiro Kobayashi, un nada disimulado homenaje a Los 400 golpes, que relata, en un tono conciso y áspero, el drama de un introvertido adolescente abocado a la soledad y a la miseria al quedarse solo en el mundo tras la lenta agonía de su progenitora. Una pieza dura y tristísima, que revela la vacuidad del sufrimiento humano (y, a través de él, de la propia existencia) en una sociedad basada en el poder económico, en constreñidos códigos de conducta y en el egoísmo. A este respecto, el desolador final –que nada tiene de la consolatio que vivía Antoine Dionel en el cierre del clásico de Truffaut–, así como la secuencia del “entierro” de la madre del protagonista, son verdaderos puñetazos para la conciencia del espectador.

Asimismo, de Filipinas destacó la denuncia social aportada por filmes como el docudrama Children metal drivers (elegida Mejor Película rodada en Formato Digital) o The mountain thief, y también, por su gran originalidad, la cinta Independencia, de Raya Martin, una diatriba en contra del colonialismo padecido por este archipiélago, que se articula en torno a la historia de una familia que huye a la selva, cansada de la explotación y la lucha política, bajo una estética visual acorde con el período de la dominación estadounidense (1899-1911), de ahí la imitación de ciertos elementos formales del cine mudo, sobre los cuales el realizador construye unas imágenes hipnóticas, enigmáticas y melancólicas, interrumpidas por un falso documental de la época cargado de grandes dosis de sarcasmo.

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Por otro lado, la representación más minoritaria de otros países proyectó una mirada amplia hacia las complejidades culturales del mundo asiático, yendo desde naciones como Indonesia (The dreamer), hasta la India (Lucky by chance, Road, movie), pasando por la fusión de Oriente y Occidente prototípica de la realidad de Hong Kong (Beijing is coming, Vengeance).

Malasia tuvo una nutrida muestra de su cinematografía, al contar con la pieza colectiva 15 Maylasia, la coproducción con Singapur Flooding in the time of drought y At the end of the daybreak, del emergente Ho Yuhang, una suerte de reformulación del cuento de la caperucita roja en la cual el “lobo” es la verdadera víctima del relato, aprisionado por sus circunstancias vitales y económicas, mientras que la “niña devorada” es descrita como un reflejo adolescente de su egoísta clase social. Merecida Mención Especial del Jurado, ahonda en la hipocresía de las normas de su país, en el brutal clasismo imperante, en la falsedad de las apariencias, en la incomunicación generacional, y posee un tramo final sobrecogedor, tan inesperado como inquietante y poético, filmado con exquisitez y maestría. De esta nación destaca también Karaoke, de Chris Chong, filme que recoge, con una mirada simultáneamente melancólica e irónica, la imposibilidad del regreso al hogar, merced a la historia de un joven que vuelve a su pueblo natal tras cursar la carrera en Kuala Lumpur, con el fin de asistir a su madre en el karakoe que ésta regenta, para comprobar que, ni su progenitora desea su ayuda, ni el mundo que conociera existe ya. Memorables devienen a este respecto la secuencia de apertura, sugiriendo la tristeza rutinaria de los clientes del local a través de una concatenación de planos detalle y de voces en off de procedencia incierta, así como las escenas que, en correspondencia con la visión outsider del protagonista, muestran la jungla como un mundo sobrenatural y fantasmagórico, devorado por la ominosa fábrica de aceite de palmera.

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De Sri Lanka nos llegó Between two worlds, de Vimukthi Jayasundara, galardonada con el premio NETPAC, un experimento irregular y críptico, a ratos sutil y bello (véase el simbolismo de la leche materna o el magnífico final) y otros de una obviedad poco afortunada (verbigracia, el continuo –y cansino– juego de la falsa puesta en escena de los instintos violentos del protagonista), una creación en la que se concreta la idea del hado y del eterno retorno budistas, por medio de la historia de un confuso y tímido joven, producto de su tiempo –marcado, pues, por la larga guerra civil vivida en el país cingalés–, cuyas vicisitudes terminarán por encarnar una antigua leyenda de tintes iniciáticos, proféticos y redentores.

Tailandia, por su parte, se vio representada por Mundane history, una de las mejores películas del certamen; hermosa y emotiva, indaga sobre el sentido de la vida por medio de la relación que se establece entre el joven Ake, víctima de un accidente que le ha dejado postrado en una silla de ruedas, y su enfermero Pun. El destino kármico y el milagro de la existencia emergen de forma intensa y luminosa, casi mágica, en medio del dolor, la soledad o la incomunicación generacional. Sus imágenes, concisas, detallistas, se ven enriquecidas por un uso muy inteligente de la música y de recursos visuales nada gratuitos, como filmaciones caseras o recreaciones por ordenador. La directora, Anocha Suwichakornpong, hace gala de un talento desbordante gracias a su original forma de narrar, al unir las secuencias bajo un desorden temporal muy leve y perfectamente inteligible, que refuerza el sentido temático de la obra, culminado en su sensible y excelente final.

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China aportó Weaving girl, en la que Yu Nan y Wang Quan’an, actriz y director, respectivamente, de La boda de Tuya, repiten colaboración para narrar, en el mismo modo minimalista y austero de la obra que les propició el Oso de Oro en Berlín, la tragedia de Li Li, una mujer de extracción humilde a la cual se le diagnostica leucemia. La protagonista intentará, a partir de ese momento, recomponer los pedazos de una vida marcada por la fatalidad, la nostalgia, las estrecheces económicas, la soledad y la pérdida. Filmada con una sutilidad tan lúcida como conmovedora, su realismo crítico y el amargo contraste entre lo que se muestra y lo que se oculta recuerdan a los dramas de los Dardenne; de nuevo, el amor es la gran fuerza motora de la vida pero, también, fuente inagotable de dolor e incomprensión.

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Y, en cuanto a Taiwán, ofreció su voz con la exitosa comedia romántica Au revoir Taipei, previsible ganadora del Durián de Oro a la Mejor Película, y Face, de Tsai Ming-liang, el multipremiado realizador de The Hole o El sabor de la sandía, que ofrece una nueva muestra de su estilo esteticista, caótico y musical, esta vez con tintes autobiográficos, al narrar el rodaje, por parte de un director de origen asiático que no habla ni pizca de francés, de una cinta gala, trama que se combina con los problema personales del protagonista y que cuenta con los populares, cuando no míticos, rostros de Jean Moreau, Jean Pierre-Léaud, Fanny Ardant, Mathieu Amalric o Laetitia Casta. Dado que son mayoría quienes consideran a este realizador como un genio, debo estar equivocada al ver sus obras –de la cual Face no es una excepción– como hábiles ejercicios de preciosismo frívolo y pretencioso.

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Finalmente, me gustaría acabar este recorrido general por la oferta del festival con dos rarezas: el biopic sobre la actriz Nancy Kwan, To Whom It May Concern: Ka Shen’s Journey, la única producción de origen no asiático, pero cuya temática, obviamente, encajaba en los parámetros de un certamen dedicado a la cultura fílmica de dicho continente, y Eatrip, de la crítica gastronómica Yori Nomura, una engañosa pieza documental que, más que reflexionar sobre el placer de la comida o las relaciones que el ser humano establece con –y a través de– el acto de nutrirse, traza una muy sesgada visión, mezcla de preceptos budistas, taoístas y sintoístas y de un elitismo new age, sobre la integración del ser humano en la naturaleza y la necesidad de volver a las fuentes primigenias de los alimentos para alcanzar la comunión con el mundo y la plenitud vital, un mensaje cuyo componente positivo no palia las carencias de un discurso visual y temáticamente muy limitado.

La edición del año 2010 del BAFF fue una nueva prueba del espíritu romántico de sus organizadores, de su amor por el séptimo arte, de su empeño en facilitar el acceso al público a esas montañas de celuloide que el sistema de distribución español nos veda, por motivos de comercialidad, ignorancia, censura o, simplemente, por la imposibilidad de luchar contra la titánica competencia de la industria norteamericana. Sólo que el Festival de Cine Asiático de Barcelona adorna su cinefilia con un valor añadido: el recuerdo, siempre necesario en este mundo globalizado, de que el etnocentrismo occidental nos limita e idiotiza, nos soslaya la perspectiva diferente, enriquecedora, complementaria, del continente más extenso y poblado del planeta y, por tanto, de buena parte de la humanidad; una mirada sin la cual deviene inviable asumir una comprensión auténtica y profunda del planeta que habitamos. Así que gracias, muchas gracias, por este festival cinematográfico, pequeño pero dinámico, apasionante, que nos abre la mente a otras realidades, artísticas y también culturales, sociales y espirituales: humanas. Aguardamos con ansías el reencuentro de la próxima primavera.

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