‘Fish Tank’: Life’s a bitch

Tras una carrera como actriz, guionista y presentadora de televisión, Andrea Arnold debutó en la realización en 1998, para obtener siete años después el Óscar al Mejor Corto de Ficción con Wasp, donde ya se perfilaban algunas de sus constantes posteriores (v. gr. protagonismo femenino, medio humilde…). Su primer largometraje, Red Road, recibió el Premio del Jurado del Festival de Cannes en 2006, galardón que repetiría, en 2009, con la excelente Fish Tank, estrenada recientemente en nuestras salas.

large_405962Vigoroso retrato de la cotidianeidad de Mia, una agresiva quinceañera que vive en un suburbio del área metropolitana de Londres, el último trabajo de Arnold nos muestra, sin juicios de valores, paternalismos progres o superfluas provocaciones, el desolador entorno en el que se mueve la joven, cuyas expectativas de futuro se reducen a aguardar su ingreso en un centro de educación especial para adolescentes con comportamientos antisociales. La vacuidad con la que transcurre su jornada, epítome de una juventud sin valores y sin ilusiones y, por tanto, apática y desmotivada (eso que en España se ha dado en llamar, tan a la ligera, “generación Ni-Ni”), contrasta con los atisbos de la interioridad de la muchacha (una notable Katie Jarvis); un mundo íntimo mucho más rico de lo que demuestra su actitud malcarada y ausente, por muy ahogado que, eso sí, se encuentre bajo el rencor hacia su realidad inmediata: una madre agobiada e inmadura, un padre inexistente, una hermana deslenguada, unas amigas perdidas… La irrupción de Connor, el último ligue de su progenitora, es el punto de partida del trayecto iniciático de Mia; de su entrada, por la puerta falsa, a la vida adulta, a través su deseo por él, desde el punto de vista sexual –explicitado por la directora bajo una refrescante perspectiva femenina–, pero también como figura paternal comprensiva y atenta que la arropa cuando duerme o que la alienta en la búsqueda de sus sueños.

546347-fishtank_bluray01La mirada de Arnold es honesta, limpia y precisa, despojada de apriorismos que estimulen o impidan la implicación emocional con lo narrado. Por ello, todos los actos cometidos por los personajes, no importa cuán deplorables parezcan, son comprendidos por el espectador. De hecho, el tono conciso y casi conductista del discurso es una de las grandes bazas de la cinta que, sin embargo, acoge en su interior instantes de gran lirismo sin forzar la unidad estilística del conjunto. Ello es debido a la focalización de la perspectiva narrativa en la mente de la protagonista; es ella quien confiere al entorno intensidad y belleza o mediocridad y feísmo. De ahí la fascinación que ejerce el personaje de Michael Fassbender, encarnación de una realidad que le ha sido vedada a Mia, y no sólo desde el punto de vista sentimental, sino también social (no en vano, los modales de Connor, su capacidad para escuchar, su amabilidad, corresponden a un medio y a unos posibles ajenos a los de Mia).

2010_fish_tank_003A pesar de que Fish Tank pueda inscribirse dentro del género del realismo social, dada su trama y el uso de recursos fílmicos prototípicos del mismo (fotografía naturalista; estilismo y vestuario veristas; cámara al hombro, etc.), la directora británica evita cualquier arenga política o ideológica, prima la visión individual –psicológica– a la colectiva –sociológica– e introduce en el relato desviaciones visuales que perturban la objetividad más estricta. En realidad, el universo de Arnold se encuentra más próximo a Mike Leigh o a Gus Van Sant que a Ken Loach. Así, desde la inquietante y simbólica presencia de la yegua famélica y moribunda, aprisionada bajo el yugo de su edad y sus amos (igual que la sensibilidad de Mia), pasando por las escenas en las que el mundo se sublima con un halo casi mágico (por ejemplo, la excursión al río), hasta llegar a la importancia que la música y la danza tienen dentro del argumento y del mismo devenir discursivo (paradigmático al respecto es el baile compartido por toda la familia al ritmo de “Life’s a bitch” de Nas), todo ello enriquece una obra eminentemente crítica, y la aleja del constreñimiento dogmático, panfletario, de parte del cine de denuncia. La ambigüedad, la sugestión, la poesía (áspera y urbana) aparecen en sus fotogramas para recordarnos que las apariencias engañan, que Mia no es sólo una chica egoísta y violenta que necesita aprender modales, que hay más escondido dentro de ella y que, a su alrededor, los supuestos portadores del orden social tienen comportamientos que excusan, cuando no justifican, las poco encomiables actitudes de sus descendientes.

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