“El hobbit: Un viaje inesperado” de Peter Jackson

La vuelta de Peter Jackson al universo de J. R. R. Tolkien viene propiciada, por supuesto, por el enorme –y merecido– éxito, tanto de crítica como de público, cosechado por su ambiciosa adaptación de El señor de los anillos. Teniendo en cuenta los desiguales derroteros, como director y productor, que ha tomado su carrera desde que viviera ese triunfo apabullante, la adaptación del libro en el que se presentan personajes esenciales de la saga que lo catapultó, como Bilbo, Gollum o Gandalf, parece una apuesta tan lógica como arriesgada; lógica porque tiene asegurada la taquilla, ya no solo de los amantes del escritor británico, sino, también, de los espectadores de su trilogía fílmica; y arriesgada porque las comparaciones, no por odiosas son menos inevitables. Por tanto, es fácil la asunción apriorística de creer que las nuevas películas ambientadas en la Tierra Media caerán en las concesiones a los fans, en la autocomplacencia, en los errores de continuidad y en otros tantos defectos típicos del cada vez más extendido fenómeno de las precuelas.

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Ante ello, lo primero que cabe decir es que El Hobbit: Un viaje inesperado no comete, afortunadamente, ninguno de esos deslices. Es más, incluso la aparición de personajes como, por ejemplo, Frodo o Saruman (por completo ausentes de la novela El Hobbit), aunque sin duda deleite a los admiradores de los filmes precedentes, sobre todo sirve para dar coherencia y unidad a ambas trilogías.

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Y es que este es el máximo acierto de la cinta, que emplea con oficio y talento los mismos recursos visuales (cámara lenta, travellings aéreos, profundidad de campo, etc.), narrativos (montaje alterno, flashbacks, etc.), de puesta en escena y fotografía (véase el cromatismo o los claroscuros con valores simbólicos) e incluso musicales (se repiten temas como, por ejemplo, el dedicado al anillo) para transmitir las mismas sensaciones de peligro y épica al público e incidir en el hecho de que, efectivamente, estamos en el mismo tiempo y lugar, apenas 60 años antes. De hecho, la única estridencia existente entre esta nueva pieza y sus ilustres predecesoras se reduce a una disensión de tono inherente a las obras literarias de las que parten cada una de ellas, pues si bien la trilogía de El señor de los anillos estaba cargada de tintes pesimistas, cuando no abiertamente siniestros, aquí nos hallamos básicamente ante un relato de aventuras bastante amable y, por momentos, cómico. Como muestra, baste con comparar la caracterización de los dos principales protagonistas de cada historia; así, mientras que Bilbo es un tipo en apariencia convencional que, sin embargo, acabará por descubrir su singular valor, fuerza e ingenio, Frodo es alguien abocado al sufrimiento por mor de su buen corazón, lo que le dará un halo cristológico de cordero a sacrificar para limpiar los pecados del mundo (no olvidemos lo profundamente católico que era Tolkien).

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Según lo expuesto, sobre el papel el visionado de El Hobbit: Un viaje inesperado debería resultar mucho más placentero y ligero que el de cualquiera de las cintas que conforman El señor de los anillos. Sin embargo, la decisión de Jackson de convertir en tres películas un único libro propicia que el filme se halle excesivamente apegado a las minucias de la novela en la que se basa, lo que crea notables problemas de ritmo en la pieza, lastrada por la incapacidad de concreción de algunas escenas realmente tediosas.

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He observado que, en general, se suelen juzgar los méritos o deméritos de una adaptación literaria conforme al grado de fidelidad a los hechos que la película muestra u omite. Personalmente, es algo que nunca he compartido. Una cinta basada en una pieza literaria, aunque suene a perogrullada, es otra cosa distinta a esa pieza literaria; por tanto, lo único que se le puede exigir por mera honestidad es que, si disfruta de los laureles adquiridos por la obra de la que parte, se mantenga fiel a su espíritu, no a su letra. El medio fílmico no es el escrito, y de ahí que la mera ilustración visual de lo narrado sea algo tan carente de propósito como, en el fondo, imposible. Por eso El Hobbit: Un viaje inesperado es peor que El señor de los anillos: La comunidad del anillo (la mejor película de la saga a mi entender); la delectación en nimiedades con poca importancia argumental, en aras de una “fidelidad” mal entendida, convierte esta obra en un filme exquisitamente dirigido, simpático, divertido y hasta entrañable, pero de excesivo metraje, que funciona sobre todo por algunos momentos realmente notables (la larga secuencia que cierra la obra) y por el carisma de los actores y nuestro amor hacia los personajes que interpretan (qué placer volver a contar con Ian McKellen, Cate Blanchett y Christopher Lee, y qué bien están en sus nuevos papeles Martin Freeman y Richard Armitage). A la postre, la cinta deviene un entretenimiento de lujo dirigido especialmente a los más pequeños: nada más… pero tampoco nada menos.

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