“César debe morir” de Paolo y Vittorio Taviani

Como ya hiciera Louis Malle en 1994 con su versión de la obra de Anton Chéjov Tío Vania (la notable Vania en la calle 42), esta vez son otros dos realizadores veteranos, Paolo y Vittorio Taviani, quienes han llevado a cabo una personalísima adaptación de un clásico indiscutible del teatro universal para orquestar un filme que mezcla magistralmente interpretación y comportamiento, realidad y ficción, documental y drama.

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En efecto; más allá del alegato contra el sistema penitenciario, César debe morir es, sobre todo, una loa al perturbador poder del arte, fuerza redentora y liberadora donde las haya, dada su capacidad, tan inquietante como admirable, de hacer que el ser humano entre en contacto con ese hálito de divinidad que anida en el interior de todos nosotros; y es que nadie, a poco que se le dé una oportunidad, escapa a su arrollador influjo, incluidas personas en principio tan alejadas de la sensibilidad artística como los homicidas, los traficantes o los mafiosos. Precisamente, son un conjunto de reos del ala de máxima seguridad de la prisión de Rebibbia (Roma) los protagonistas de esta película; integrantes de un grupo de teatro de la cárcel, la cámara asiste a sus ensayos de Julio César de William Shakespeare, una obra que, conforme es expuesta de forma sucinta y condensada a los espectadores del filme, va evidenciando las concomitancias con la situación en la que se hallan los presos, castigados por sus actos igual que los conjurados romanos.

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A partir de un casting de aptitud actoral al inicio de la narración, el cual se constituye en un dramatis personae en toda regla, al señalar el nombre, el crimen y la sentencia de cada uno de los actores amateurs, la cinta esboza, de forma sutil y con hondo respeto hacia sus criaturas –hombres reales, de carne y hueso–, las personalidades y tribulaciones de los principales miembros del reparto. Y es aquí donde el juego de verdad y mentira se enreda en una madeja imposible de desenmarañar, pues los prisioneros vivirán constantemente ante una cámara (es decir, interpretando, por mucho que no reciten papel alguno), de forma que el arte empezará a inundar, como una enfermedad contagiosa, su día a día, hasta el extremo de que su propia realidad se confundirá con el universo de la obra, desde sus recuerdos hasta su continente o su prosodia; por eso Cosimo dirá que todos están acostumbrados a conspiraciones como las que narra Julio César o comentará que Shakespeare parecía conocer su ciudad natal, tan corrupta e hipócrita como la Roma reflejada en el texto; por eso Salvatore recordará las palabras de un amigo al recitar un fragmento de su papel.

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A la disolución de las fronteras entre la función ensayada y la cotidianidad en las celdas contribuye la perspectiva buscadamente hiperrealista de la puesta en escena, merced a la fotografía de Simone Zampagni, que hace énfasis en el contraste de los blancos y los negros y aumenta la sensación de desposesión de la cárcel, así como el uso de las convenciones fílmicas del drama (música extradiegética con tonos patéticos, primeros planos delectándose en los rostros de los actores…) que los directores toscanos emplean indiscriminadamente tanto si recogen una escena álgida del libreto shakespeariano como si muestran un altercado entre dos presos o una confesión a media voz. No en vano, el empleo puntual del color solamente cuando la obra de teatro tiene lugar ante una audiencia sirve para diferenciar el único nivel de representación absoluta de la pieza. Y ello también explica la estructura circular del relato, que redunda en la transformación de la mirada del espectador sobre los convictos, al final de la película reinstaurados en toda su dignidad de seres humanos.

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Merecido Oso de Oro de la pasada edición del Festival de Berlín, por su calidad, emotividad y originalidad, César debe morir consigue recordarnos, en apenas 76 minutos y a través de una contextualización totalmente nueva del espacio escénico, la vigencia eterna de los clásicos. Y así como Shakespeare logró, merced al talento de su pluma, convertir a Bruto, el peor de los traidores, en el gran héroe trágico de la trama, el arte ha logrado que Salvatore Striano sintomáticamente quien encarna, y cómo, a Brutohaya sido indultado y que, actualmente, ejerza de actor. La cinta, por tanto, bien podría suscribir estas palabras de Oscar Wilde, vinculándolas, por extensión, al cine: “Considero el teatro como la más grande de las formas del arte (…), en la que un ser humano puede compartir con otro el sentido de lo que es ser un ser humano.”

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