“Tierra prometida” de Gus Van Sant

Pocos directores poseen en su carrera una tendencia dicotómica tan marcada como la de Gus Van Sant, cuyo universo ha basculado entre obras de planteamientos e intenciones abiertamente experimentales y realizaciones más o menos inscritas en el estándar fílmico de Hollywood. Ello no es óbice para reconocer que toda su trayectoria se halla dentro de los cauces de lo que se llama ampliamente “cine independiente americano”; aunque tampoco se puede dejar de señalar que es esta una denominación cajón de sastre donde caben desde filmes rodados casi sin presupuesto, en 16mm y con actores no profesionales (véase Mala noche, 1986), hasta películas hechas por productoras minors que, salvo por dicha peculiaridad, son indisociables de cualquier realización auspiciada por un gran estudio. De ahí que puedan contar con estrellas en su reparto y participar en los Oscars, incluso ser galardonadas (véase El indomable Will Hunting, 1997, o Mi nombre es Harvey Milk, 2008).

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En realidad, lo que hace de la filmografía de Van Sant un ejemplo paradigmático de ese cine independiente yanqui es, más allá de su mutable estilo, las temáticas de las que trata, de un perfil moral, crítico y ontológico alejado del pusilánime horizonte de expectativas del público medio americano. Por ello, cuando el director plasma dichos temas de forma poco convencional, nos encontramos ante sus mejores trabajos; pienso, por ejemplo, en la extraordinaria tetralogía iniciada con Gerry (2002) y cerrada con Paranoid Park (2007).

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Sin embargo, Tierra prometida se inscribe dentro del ámbito del cine más accesible de Vant Sant, quien, a estas alturas, parece querer hacer esta clase de obras no tanto por motivos crematísticos sino con intención didáctica, de forma que narraciones de una abstracción cercana al vacuum como la de Gerry o de un montaje tan inusual, diacrónicamente hablando, como el de Last Days (2005), se hallan fuera de los cauces expresivos de esta propuesta, destinada a divulgar una realidad con intención crítica y liberal (“demócrata”, cabría decir) al mayor número de espectadores.

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¿Y qué realidad es esa? Pues los peligros para la salud y el medio ambiente de la técnica de extracción de gas natural denominada “fracturación hidráulica”; un tema muy en boga actualmente en Norteamérica, dada la proliferación de la misma, sobre todo desde el encarecimiento de los combustibles fósiles tras la crisis.

En la estela de filmes “con mensaje”, pero de tono moderado y apto para todos los estómagos (como los de Sidney Pollack o Robert Redford), Tierra prometida gira en torno a un conflicto que, de hecho, se encuentra en la base de la propia concepción de Estados Unidos como nación: el sentido de comunidad solidaria y unida por la necesidad de forjarse una identidad y el afán compulsivo de autosuperación a todo coste. De hecho, el título de la cinta ya es indicativo de los derroteros por los cuales va a transitar, esa “tierra de la opulencia” que encarna el famoso, y tramposo, sueño americano; tan tramposo como la promesa hecha a la humilde comunidad agrícola de McKinley de obtener dinero a raudales con facilidad, rapidez y seguridad por mor de las bolsas de gas que existen en el subsuelo de sus tierras, propiedad de pobres granjeros que, impotentes y desesperados, han visto aminorar, más todavía, su calidad de vida, y esperan la llegada de la compañía de gas (denominada sintomáticamente Global) como al Moisés que los libere de la esclavitud.

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Aunque sin duda creaciones como esta siempre son ‒y serán‒ necesarias para sacudir las “versiones oficiales” que los poderosos difunden de manera incesante a través de cuantos medios tienen a su alcance (¿y qué hay más poderoso hoy en día que una gran corporación?), su carácter de película de denuncia fagocita el resto de instancias expresivas de la pieza, de forma que deviene una obra digna de encomio, pero de absoluta mediocridad. En la base de su escasa trascendencia se halla el guión escrito por dos de los actores del filme, Matt Damon (Steve Butler) y John Krasinski (Dustin Noble), lo que ya prueba el carácter de propuesta hecha intencionadamente con voluntad crítica y pedagógica; pero es que dicho guión, además, tiene un desarrollo muy convencional, con la predecible ‒e inverosímil‒ epifanía final de su protagonista, así como un soterrado maniqueísmo que le lleva a incidir en temas muy delicados de manera realmente superficial, pues en ningún momento, por ejemplo, plantea cuál sería la alternativa a la miseria para ese depauperado pueblecillo si rechazan la escurridiza solución que ofrece Global. ¿Quizá porque con ello se debería abrir un debate de mayor calado sobre el sistema capitalista que los responsables de la cinta no quieren explorar?

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Ante todo ello, ¿qué se puede destacar de Tierra prometida? Por un lado, la exquisita realización de Van Sant, capaz de dotar de intensidad a una trama y a unos personajes estereotipados (véase la gran secuencia durante la comida en casa del profesor Frank Yates, interpretado por el veterano Hal Holbrook); por otro, la siempre refrescante presencia de Frances McDormand (Sue Thomason), que insufla vida a su esquemático papel, y, finalmente, un conjunto de apartados artísticos como la bella fotografía de Linus Sandgren o la música de Danny Elfman. Una película, pues, sólida y correcta pero sin alma, recomendable básicamente como hábil ilustración de un tema que, con seguridad, se extenderá tarde o temprano por todo el planeta.

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