“Star Trek: En la oscuridad” de J. J. Abrams

Haciendo gala de perspicacia comercial, la productora Paramount decidió renovar la franquicia iniciada hace casi medio siglo ya por Gene Roddenberry para insuflarle una segunda vida, habida cuenta de su condición terminal ante la escasa repercusión en taquilla por no hablar del desprestigio crítico de la última de sus películas y la cancelación de la serie Enterprise (2001-2005).

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Todo ello dio lugar a una reformulación absoluta del universo trek basada en el origen del fenómeno, esto es, tomando a los personajes del espacio televisivo clásico e insertándolos en una línea temporal alternativa propiciada por el viaje en el tiempo del desquiciado Nero (Eric Bana) en Star Trek (2009) de J. J. Abrams. Gracias a esta afortunada idea, los responsables del proyecto se aseguraron de dos cosas: de respetar lo narrado hasta el momento sin tener que entrar en una alambicada (e imposible) continuidad y de tener libertad para llevar a cabo cuantas modificaciones juzgaran oportunas.

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En este sentido, Star Trek: En la oscuridad es una cinta infinitamente más trekkie que su predecesora. Para empezar, se trata de un remake encubierto de Star Trek II: La ira de Khan (Nicholas Meyer, 1982), aderezado con unos toques de “oscuridad” que entroncan con una tradición, más trek de lo que a priori parece, sobre los efectos del mal individual dentro de una realidad donde el mal social ha sido erradicado, con sus característicos almirantes instalados en sus torres de poder y sus secuaces y aliados dispuestos a violar los principios de la Federación en pro de un hipotético bien superior, léase Star Trek VI: Aquel país desconocido (Nicholas Meyer, 1991), Star Trek: Insurrección (Jonathan Frakes,1998) o todo lo relativo en la serie Star Trek: Deep Space Nine (1993-1999) al Escuadrón Rojo y a la Sección 31. En esta línea, se recupera el discurso humanista, ético y hasta existencial que subyacía en los cimientos de la saga; un motivo sin duda para regocijarse, pues no solo le da al filme una solidez temática de la que carecía el anterior, sino que, en realidad, dicho entramado ideológico es lo que hace vigente y excepcional al conjunto de esta epopeya espacial. Finalmente, los guiños a los fans sazonan el metraje, hasta el extremo de que crean un subtexto de alusiones que casi permite a los iniciados adivinar el desarrollo argumental y los derroteros por los cuales andarán secuelas posteriores.

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Por otro lado, Star Trek: En la oscuridad es un ejemplo paradigmático de space opera, de forma que, en el seno de un envoltorio futurista (en el presente caso, un diseño de producción irreprochable), prima sobre todo el componente de aventura, dentro del cual, si está bien hecho, no puede faltar ni la acción ni la intriga ni la comedia; pero tampoco la épica, con toda la carga emocional y trágica que esta conlleva. Que los héroes estén dispuestos, repetidamente, a sacrificarse para salvar a sus congéneres; que el villano de la función no sea un mero pelele impulsado por motivos espurios; que las situaciones al límite desvelen sentimientos reprimidos y acerquen o alejen a los personajes… Todo ello se encuentra en la película y encarna con eficacia los principios básicos de lo que es, o debería ser, el entretenimiento entendido también con sensibilidad e inteligencia.

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Asimismo, las virtudes que acumula Star Trek: En la oscuridad convergen con las tendencias y los gustos de su contexto y la convierten en modelo por antomomasia de obra de evasión prototípica de la segunda década del siglo XXI, con su simpático batiburrillo intercultural, posmoderno y autoreferencial, con su búsqueda de la espectacularidad mediante unos omnipresentes (y brillantes) F/X y con su voluntad circense de epatar al público a base de la diversidad y la saturación.

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Al respecto, hay que señalar que, en el fondo, lo único que impide a la cinta ser una creación redonda en su género es la obsesión de su realizador por imprimirle un ritmo, más que rápido, frenético, a la trama. Tal limitación es el talón de Aquiles de la filmografía de Abrams, quien se diría no parece querer asumir que el desarrollo narrativo de una producción de entretenimiento ha de tener una cadencia rítmica con altibajos para así dar espacio y significado a los respectivos clímax. Por el contrario, en toda su producción (y el filme que nos ocupa no es, lamentablemente, ninguna excepción) los momentos álgidos, a base de acumularlos, terminan por ser irrelevantes, da igual lo bien plasmados que se hallen visualmente.

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Por tanto, puesto que en Star Trek: En la oscuridad el intimismo y los remansos discursivos están limitados a muy pocos minutos en comparación con los 132 globales, el director americano consigue justamente lo opuesto a lo que pretende, motivo por el cual, traspasado el ecuador del relato, las secuencias de acción, no es que aburran (algo imposible con esa precipitación de la que hablo), pero sencillamente se contemplan con la misma actitud con la que se sube a una montaña rusa: divertidos, eufóricos, pero en desafecto absoluto por lo que acontece. Como cinéfilo, uno no puede dejar de reflexionar, con cierta inquietud, sobre lo que de indicativo de nuestra sociedad actual tiene el hecho de que quede en manos de J. J. Abrams, y de su estilo hiperbólico y acelerado, gran parte del imaginario popular de las últimas décadas, sobre todo teniendo en cuenta que, en honor a la verdad, dirige algo mejor que la mayoría.

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En resumen, Star Trek: En la oscuridad es un entretenimiento de lujo, más que ameno, adictivo, en el que destaca por encima de todo el gran guión de Roberto Orci, Alex Kurtzman y Damon Lindelof, la elegante banda sonora de Michael Giacchino, la sobresaliente interpretación de Zachary Quinto expresando las complejidades interiores de Spock con toda la sutileza que requiere el personaje y el arrollador carisma de Benedict Cumberbatch (John Harrison). “El resto”, como dijo Shakespeare, “es silencio”.

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