Reflexiones sobre “Breaking Bad” (2008-2013)

Que Breaking Bad se ha convertido en uno de los fenómenos catódicos más relevantes de los últimos años, supongo que es un hecho que más o menos nadie discute. Lo que tal vez convenga poner en tela de juicio es si merece el éxito de crítica y público que ha tenido, aparte de preguntarse a cerca de su futuro, esto es, si el tiempo la tratará bien o se verá como una propuesta sobrevalorada por la inmediatez y el entusiasmo colectivo, y a la postre lastrada por sus deficiencias y su inevitable servidumbre a la audiencia.

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Tras esta introducción, vaya por delante que considero a Breaking Bad una buena serie, y que no podría ser de otra manera teniendo en cuenta las virtudes, objetivas, que posee: guiones ingeniosos, grandes interpretaciones, etc. Lo que ya no queda tan claro es que sea una serie sobresaliente, de esas que expanden y/o revolucionan el medio, como lo hicieron en su momento Retorno a Brideshead, Twin Peaks o Los Soprano. Mi propósito es tratar, por tanto, de hacer un recorrido somero por la serie, y sopesar sus puntos fuertes y débiles, para que se pueda decidir hacia qué lado se decanta la balanza; o si se decanta en absoluto.

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Empecemos, lógicamente, por su primera temporada: aunque bien es verdad que se vio afectada por la famosa huelga de escritores de Hollywood del 2007-2008, algo que además redujo su número de capítulos a siete, lo cierto es que el tono de tragicomedia burda que predomina en esta primera etapa ya queda impreso desde su mismo su piloto; un piloto, por otra parte, que evidencia asimismo un deseo de epatar al espectador con unos giros supuestamente sorpresivos pero que, a poco que se haya visto previamente una película de Tarantino o los hermanos Coen –no estoy hablando de cineastas minoritarios–, son totalmente previsibles. Aun así, lo peor del arranque de Breaking Bad reside en el deficiente uso del humor negro. Y es que, para practicarlo con habilidad, hay que ser un verdadero maestro.

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En cualquier caso, justo es decir que esta primera temporada cuenta con un par de episodios muy buenos (“Cancer Man” y “Crazy Handful of Nothin”), que ya insinúan un sustrato temático y una ambición autorial que permiten al espectador advertir que quizá no se encuentre ante la típica producción, en apariencia transgresora pero en el fondo muy convencional, de fascinación hacia la violencia y la ilegalidad; un tipo de creaciones, dicho sea de paso, en general destinadas a un público masculino.

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Por lo que atañe a la segunda temporada, ya constituida con la medida estándar de trece capítulos, padece una chirriante disensión entre el poso temático de la serie, la trama que se desarrolla y la plasmación visual de ambas. Así, mientras los personajes principales se nos van perfilando como seres paulatinamente más complejos y contradictorios –a lo que sin duda contribuye la introducción de grandes secundarios como Saul (Bob Odenkirk), Mike (Jonathan Banks) o Jane (Krysten Ritter)–, la derivación de la trama hacia un final al límite de la verosimilitud, basado en un cúmulo de coincidencias forzadas, propias de un escritor amateur, y, encima, anticipado de forma tan tramposa como pretenciosa –esos flashforward en blanco y negro con el osito violeta que tanto recuerdan al abrigo de la niña en La lista de Schindler…–, saldan la temporada con la sensación de que las bienintencionadas pretensiones temáticas de sus responsables –o cómo nuestros actos siempre tienen consecuencias– no se encuentran correctamente plasmadas a causa de una búsqueda estéril del efecto sorpresivo.

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Y, en este sentido, las cámaras aceleradas, los encuadres imposibles, los desenfoques y otro tipo de amaneramientos visuales que abundan en los episodios de esta segunda etapa, por no mencionar ese inexplicable y gratuito videoclip que abre el episodio “Negro y azul”, casi son anecdóticos en el global del tono autocomplaciente e impostado que caracteriza la peor temporada de la serie.

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Deviene muy reconfortante, pues, que Breaking Bad logre, en su tercera tongada de episodios, un resultado tan notable. Porque, a partir de “Kafkaesque”, se produce el punto de inflexión de la serie, cuando finalmente adquiere su voz personal, su estilo definitivo y cincelado, al dosificar los efectismos de la realización y ponerlos al servicio de la historia, y no al revés. Una vez se desprende de los últimos coletazos de esa retórica de fatuo postmodernismo que aún arrastraba (léase los dos hermanos mexicanos, el ojo del peluche…), la trama y la dirección se hacen más convencionales, pero también más sólidas, y ya se augura la progresiva decantación del relato más hacia el llanto que hacia la risa. Ello coincide con la asunción del protagonista de su nuevo papel, el del mejor cocinero de metanfetamina de la historia; un papel del que no debería enorgullecerse y que, sin embargo, alentado por la desesperación y el rencor, le gusta cada vez más.

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Y es que durante cincuenta años ha dormitado en el interior del pacífico profesor White un ego desmedido, solo equiparable a sus capacidades intelectuales. El elemento corruptor y demoníaco del poder, combinado con las tensas relaciones que ello propicia entre Walter (Bryan Cranston) y los que quiere –especialmente con Jesse (Aaron Paul)–, además del tono hiperbólico característico de la obra, darán al discurso, desde este momento, una pátina de tragedia clásica, en la que incluso resuenan leves ecos del doloroso fatuum familiar de los Labdácidas o los Atridas y de los dramas políticos de Shakespeare (Macbeth, Ricardo III, Julio César...). En este sentido, la tercera parte de la serie cuenta con dos de sus mejores episodios: el ya icónico “Fly” (tan divertido como profundo, y con una dirección y una concepción abstractas y estáticas, que priorizan el cimiento temático y psicológico del argumento a las peripecias de la acción) y “Full Measure”, que cierra esta temporada con uno de los cliffhangers más desgarradores vistos en televisión.

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Consciente de la profundidad de los personajes con los que cuenta, y liberada de esa inclinación por la sorpresa banal, la cuarta temporada es un ejercicio modélico de cómo llevar las situaciones al límite sin caer nunca en el giro inverosímil, el truco barato o el engolamiento visual. Y, si por ello casi todos los capítulos de este cuarto segmento están plagados de momentos para el recuerdo ‒me viene a la mente el sutil, y revelador, plano final de la temporada‒, me parece sublime el que se produce en el angustioso episodio “Crawl Space”, cuando converge, con una naturalidad encomiable, la trama de Skyler (Anna Gunn) y su ex-amante Ted (Christopher Cousins) con la principal: ese momento en el que Walt descubre que se ha quedado sin posibilidad de escape, irónicamente por culpa del affaire de su mujer, y el horror más puro se concreta en sus carcajadas dementes ante lo terriblemente cómico de la situación (¿qué mejor metáfora de la absurdidad de la existencia?); un momento estremecedor, que la cámara recoge con una adecuación absoluta, al mostrarlo con un distanciamiento físico y también estético, como si de una ficción dentro de una ficción se tratara, lo que en el plano visual redunda en esa idea de sinsentido, casi de vacuum metafísico.

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En última instancia, la temporada final, ligeramente más larga (16 episodios), culmina todo cuanto se ha ido fraguando, y no solo a nivel argumental y temático, sino también discursivo; de ahí que la enjundia de las cuestiones de fondo que se tratan y de las situaciones que se plantean impida el humorismo gratuito, el esteticismo exhibicionista, los giros argumentales imposibles y los personajes ridículos cuando no esperpénticos; sin ir más lejos, la familia de Todd (Jesse Plemons) es más creíble, y por ello más temible, que, pongamos por caso, Leonel y Marco Salamanca (Daniel y Luis Moncada).

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Según lo expuesto, esta última parte goza de una realización irreprochable, perfectamente ajustada a lo que se narra y del todo coherente; dentro, claro está, de las pinceladas grotescas marca de la casa, y que nada tienen de malo si son atemperadas por un pulso firme tras las cámaras y por la solidez y verosimilitud de los diálogos y la intriga.

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Es en esta temporada cuando se produce, finalmente, la plena asunción de Walter de su condición de villano, y por ello recibe su justo castigo, al perder cuanto le importa realmente. Tres instantes de gran habilidad guionística, y elegantemente resueltos desde el punto de vista de la dirección, jalonan la definitiva conversión del protagonista en otra persona (¿o en la persona que siempre quiso ser?): cuando revela su “identidad secreta” de rey de la meta sin ponerse su “disfraz de superhéroe”, al obligar al líder de la facción competidora a que “diga su nombre” (su nombre profundo, auténtico, el que ahora le define, tomado de forma ilustradora del formulador del Principio de Incertidumbre cuántico); cuando Hank (Dean Norris), deprimido ante el reguero de cadáveres dejado en prisión por el esquivo Heinseberg, lo tacha de “monstruo”, sin saber que está denominando así a su propio interlocutor, ante la indiferencia, casi el desprecio burlón, de este; y la memorable confesión de Walt en la cocina del modesto piso de su esposa (“Lo hice por mí”), casi un año después de que todo su universo se haya desmoronado.

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En definitiva, vista en conjunto, si por algo destaca Breaking Bad es por articularse sobre un riguroso discurso moral; una premisa férrea muy de agradecer en una época en que la caída de las ideologías y la hipocresía de lo políticamente correcto practicada por los poderosos han abocado a las personas a un relativismo ético tan pernicioso como adocenante. Afortunadamente, Vince Gilligan y los suyos nunca disculpan a Walter. Aunque sea alguien capaz de sufrir y de amar sinceramente; aunque su situación inicial despierte las simpatías, y las comprensiones, del público, y aunque su astucia, talento y maquiavelismo puedan concitar admiración, en todo momento se nos recalca que “el Sr. White” no actúa como un héroe y que no hay nada épico en su inmersión en el submundo criminal de Albuquerque.

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De ahí que se le presenten innumerables ocasiones para apartarse de esa nueva vida de delito sin sacrificar ni su dignidad ni su salud ni la estabilidad económica de los suyos, y que él las rechace. Y es que, a guisa de un émulo de Fausto o del doctor Frankenstein, se aleja del orden establecido y se adentra en la senda del mal; o más bien se convierte él mismo en la encarnación de ese espíritu rebelde del hombre moderno que, como el Satanás miltoniano, prefiere “gobernar en el infierno” que “servir en el cielo”.

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El secador de manos que aplasta ante una buena noticia, y que mucho después mirará con melancólico humorismo ante una mala, es un correlato de ese estado de ánimo en el que, abocado a la nada, ya es incapaz de volver a ser el débil que siempre se sometía a la voluntad de los fuertes.

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Por otro lado, la mencionada trabazón moral que cimienta la totalidad de la pieza también explica que, si bien a lo largo de cuatro temporadas las némesis de Walter White son personas mucho más tétricas y despreciables que él, sabiamente en la que cierra la serie ejercen dicho rol Hank, Jesse y Skyler: tres de sus seres más queridos (y, ya puestos, de los más queridos de la audiencia). Teniendo en cuenta que la obra está encaminada hacia un desenlace climático, dado el tono paroxístico del relato, dejar para el final el desprecio, el asco y hasta el odio de quienes ama el protagonista es de una coherencia realmente encomiable. Porque, ¿qué dice ello sobre la persona que es ahora Walter? ¿Se puede sacrificar la honestidad, la empatía, la conciencia y la ética y seguir siendo amado de verdad? De ahí que, más que para redimirle, la conclusión de la historia sirva para constatar su último y definitivo acto de desafío –finalmente liberado de la fina capa de hipocresía que le cubría y sabedor de que ha perdido el favor de los suyos–, para poder morir con el único lujo del que no ha disfrutado todavía ni siquiera siendo un criminal: sin disimular, sin esconderse, sin arrepentirse.

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No en vano, el futuro de sus hijos queda asegurado precisamente mediante una coacción a Elliot (Adam Godley) y Gretchen (Jessica Hetch) que se perpetuará incluso estando él muerto; y es que no hay que olvidar que es la soterrada envidia hacia ellos la causa primigenia de todo, la semilla que, abonada por el diagnóstico de cáncer terminal, desata su rabia, su crueldad, su frustración, su odio, su egolatría… En definitiva, su impulso vengativo hacia un Dios en el que ni siquiera cree.

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Para concluir, y volviendo al punto de partida de este escrito, en la balanza de méritos y deméritos de la serie contamos con dos temporadas magníficas y dos desiguales, junto a una tercera de transición; con unas deslumbrantes actuaciones de todo el reparto en general, y de Bryan Cranston en particular; con episodios de una realización inteligente, y sutil, repletos de detalles de lujo que le dan una textura hasta alegórica, y con un discurso muy sólido y coherente narrativa y temáticamente hablando. Pero también existe una búsqueda de la complicidad del televidente por momentos demasiado obvia; un humorismo a menudo postizo, deficiente; una estética visual que, en sus peores tramos, confunde originalidad con barroquismo cool; autocitas gratuitas, cuando no sonrojantes por su onanismo, o elipsis bruscas que responden al recurso fácil de contar en off lo que resulta muy difícil de concatenar. ¿Estamos, pues, ante un empate técnico? Solamente el tiempo lo puede decir. Lo que sí es innegable es que ha sido un revulsivo altamente adictivo… Y que no podemos sino agradecer al creador, escritor y productor de la serie, Vince Gilligan, que nos haya regalado momentos tan inolvidables en la pequeña pantalla como los que ya nos ofreció como guionista en Expediente X (1993-2002).

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Un Comentario

  1. Yo también creo que ‘Breaking Bad’ está sobrevalorada. Siendo una buena serie, a mí me sobran más de la mitad de los capítulos. Algo parecido me ha ocurrido recientemente con ‘True Detective’: las expectativas creadas por las fabulosas críticas que había leído eran tan altas que no he podido evitar sentirme un pelín decepcionado al verla. Aún así, la considero una muy buena serie. Mejor que ‘Breaking Bad’, desde luego.
    Pero claro, cuando uno ha visto ‘The Wire’, el listón queda irremediablemente alto para el resto de su vida.

    Buen blog.

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