“El amor es un crimen perfecto” de Arnaud y Jean-Marie Larrieu

El amor es un crimen perfecto es una de las pocas películas de la interesante filmografía de los hermanos Arnaud y Jean-Marie Larrieu que ha tenido la fortuna de ser estrenada en nuestras pantallas. Solamente por este motivo anecdótico, ya sería recomendable ir a verla, pues permite al espectador conocer el universo personal y a contracorriente de este tándem creativo.

Sin embargo, hay una serie de motivos de peso que hacen muy recomendable el visionado de esta cinta.

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Para empezar, tenemos al siempre excelente Mathieu Amalric ofreciendo un recital interpretativo en el papel de Marc: un profesor de literatura atractivo y conquistador que, en realidad, bajo la aparente encarnación del sueño masculino por excelencia, es un ser atormentado, inmaduro y débil, con un grado tal de patetismo que resulta imposible no compadecerle y despreciarle a partes iguales. El propio personaje, de hecho, revela dicha condición dual de su existencia al principio de la historia, significativamente con su interlocutor en un contraplano que coincide con la posición del espectador y, por tanto, mirando a cámara. De esta forma, en verdad es al público a quien se dirige su parlamento; un parlamento, por otro lado, que no solo sirve para caracterizar a Marc, sino todo el componente alegórico del filme.

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Esto, asimismo, revela otra de las grandes bazas de la obra: la profunda conceptualización de la misma, en la que los Larrieu juegan continuamente a subvertir las convenciones cinematográficas en general, y las del género en el que la pieza se inscribe en particular, mediante un juego postmoderno plagado de guiños metarreferenciales y cinéfilos ‒por ejemplo, el paralelismo que se establece en una de las clases de Marc entre la proyección de La edad de oro (1930) de Buñuel y su vida privada‒.

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Dicho género no es otro que la versión francesa del thriller, denominada polar, que ha sido practicada por autores tan diversos como Godard, Tavernier o Audiard, por citar un grupo de nombres significativos. Pero la versión de los hermanos Larrieu se emparenta, sobre todo, con la sutileza, elegancia y gelidez del universo noir de Claude Chabrol, solo que los realizadores lourdenses observan sus criaturas con una mirada extrínseca que confiere al discurso un marcado tono autoparódico.

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Con ello, llegamos a otro de los atractivos de la película: un sentido del humor negrísimo, que se aproxima al practicado por los Coen en sus relatos de misterio o, sobre todo, al Hitchcock más cachondo y perverso, ese que se burla sin clemencia de la estupidez humana ‒léase Pero… ¿quién mató a Harry? (1955) o La trama (1976)‒. No en vano, el metraje está plagado de pequeños homenajes al maestro del suspense, desde Psicosis (1960) hasta Los pájaros (1963).

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Ello no obstante, si algo tiene en común El amor es un crimen perfecto con la obra del director inglés es una realización muy estilizada, hasta el extremo de despojar la trama de verdadero contenido (extraído de la novela negra de Philippe Djian); y es que, pese a girar en torno a la resolución de un crimen, los inverosímiles giros de guión, que van sucediéndose sin complejos, y las bruscas elipsis convierten todo el argumento en un inmenso McGuffin. A la postre, a los Larrieu sobre todo les interesa ahondar en la mente de su protagonista como epítome de una sociedad, la occidental, en apariencia satisfecha y civilizada pero cuyos cimientos se tambalean, infestados de una corrosiva enfermedad: el egoísmo. De ahí que, significativamente, la historia se ambiente en Lausana (¿qué encarna mejor la hipocresía burguesa que Suiza?), y que Marc viva en una cabaña, aislado y a salvo, en lo alto de la montaña, con metros y metros de nieve, bajo cuya inmaculada apariencia se esconden innumerables secretos.

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Porque de secretos y mentiras está constituida la intriga de El amor es un crimen perfecto que, como revela con ironía su mismo título, básicamente habla de amour fou: el que siente Marc hacia Anna (Maïwenn); el que siente Annie (Sara Forestier) hacia Marc; el que comparten Marc y su hermana, Marianne (Karin Viard), etc. Siendo como es tal impulso amoroso una de las claves del surrealismo artístico, no es de extrañar el sentido del humor, por momentos profundamente absurdo y abstracto, a lo Buster Keaton, que impregna las bellísimas imágenes de la cinta, basculando entre la burla y la melancolía con tanta desfachatez que exige la participación activa del espectador para su completo disfrute (como muestra, todo lo que rodea al acto de fumar; visto en su conjunto, no tiene desperdicio).

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Por todo ello, no estamos ante un filme apto para todos los paladares, desde luego no para quienes busquen un thriller de evasión al uso. Por el contrario, El amor es un crimen perfecto practica una desasosegante mezcolanza entre realidad, ficción, cine, locura, violencia y fantasía que da lugar a una pieza tan bella visualmente como sarcástica temáticamente, con toques líricos y simbólicos contrapuestos al prosaismo que rodea a Marc y que encarna como nadie el personaje de Richard (Denis Podalydès). Una película, en fin, para todos aquellos hartos de ver repetidos los clichés del género de intriga; porque aquí, sobre todo, la originalidad bien entendida es lo que predomina. Y eso es algo muy, muy de agradecer.

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