“Un método peligroso”: El sueño de la razón produce monstruos

Respecto a la producción de David Cronenberg, parece haberse instaurado una corriente de pensamiento entre la crítica especializada que insiste en dividir su obra en un antes y un después a partir de Una historia de violencia. Sin negar que en sus tres últimas películas este cineasta se ha decantado por un estilo más frío y comedido del que acostumbraba, apoyando ahora todo el entramado fílmico sobre el guión y las interpretaciones, hablar de ruptura en su filmografía es a todas luces excesivo, e implica un conocimiento sesgado de su trayectoria, pues no solo sus temas siguen siendo en esencia los mismos, sino, sobre todo, el autor ya había dado muestras de sobriedad en fechas tempranas.

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Pongamos por caso una pieza tan de género como La zona muerta; los golpes de efecto característicos de los filmes de terror son mucho más elegantes en ella y, desde luego, escasean en comparación a la narración directa y antiretórica de las cuitas de su protagonista; o M. Buterfly, una cinta que, pese adscribirse, grosso modo, a las convenciones del melodrama romántico, posee una realización vaporosa, invisible, que a penas enfatiza el contenido del relato; por no hablar de la gelidez expositiva, casi aséptica, de Crash.

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Por tanto, bien sea en atmósferas oníricas como las que caracterizan El almuerzo desnudo o Spider, o bien en delirios gore como Scanners o Videodrome, Cronenberg siempre ha hecho suyo el famoso título del grabado de Goya (El sueño de la razón produce monstruos) y ha indagado en el lado oscuro del alma humana, sometida a unas pulsiones indomables ante las cuales la mente consciente –el raciocinio– poco o nada puede hacer.

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No deja de ser sintomático, pues, que haya elegido precisamente a Sigmund Freud y Carl Gustav Jung (el padre del psicoanálisis y quien lo amplió) como protagonistas de su nueva obra, la excelente Un método peligroso; como si fueran ellos, antaño personas vivas y reales, los primeros en haber intentado, igual que Cronenberg, exponer a la luz esos monstruos de los que advertía Goya, y a los que paradójicamente sucumbiría el pintor zaragozano en sus últimos años. ¿Algo que tal vez también hizo el propio realizador canadiense cuando los paseaba explícitamente por las pantallas? ¿Quizá por ello ahora prefiera insinuarlos, retenerlos, dejarlos agazapados en una frase, en un gesto, en un primer plano o en una mirada?

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Y es que Un método peligroso vuelve a incidir en las sempiternas obsesiones de su creador; pese a su clasicismo, pese a su contención, incluso pese a su buscada belleza de postal (me refiero a momentos como los paseos en barco de Jung con distintos acompañantes), las imágenes de este filme pretenden, no tanto devenir una recreación histórica del enfrentamiento entre ambos psiquiatras, sino, haciendo gravitar el conflicto en torno a la relación de Jung con Sabina Spielrein (Keira Knightley) –antigua paciente suya y luego también psicoterapeuta y amante–, contraponer dos modos de enfrentarse a los horrores que subyacen en nuestra mente: la mirada directa, científica, inflexible, racional y algo sectaria de Freud, y la sensible, intuitiva, idealista, espiritual y algo cobarde de Jung. Gracias a una realización precisa y pausada, que sabe exprimir el excelente guión de Christopher Hampton y las actuaciones de los dos protagonistas masculinos (en especial de un enorme Michael Fassbender), la obra se constituye en un drama inteligente y exquisito, cargado de un humorismo sutil y amargo, al estilo del mejor Chéjov, basado en el patetismo de las criaturas que lo transitan y en su incapacidad de superar sus condicionantes socioculturales. De ahí, por ejemplo, la continua insistencia en el judaísmo de Freud y Spielrein, así como en la opulencia económica del protestante suizo Jung.

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En solo 93 minutos, Cronenberg captura ese mundo aparentemente idílico de la Europa en plena fiebre colonialista, al filo de estallar en un sinsentido de sangrienta codicia, la cual, lamentablemente, no solo no se detendrá sino que hoy parece haberse extendido, e imperar, en todo el planeta. A este respecto es sintomático el sueño premonitorio de Jung, que refuerza sus teorías sobre el lado instintivo, telúrico, casi esotérico de la mente humana (sus famosos “arquetipos”), pero que, a la vez, incide en una devastadora certeza: libre de restricciones morales, religiosas y éticas, la humanidad ha pergeñado el mundo contemporáneo, en apariencia tan noble, equilibrado, culto y civilizado como Jung (el Jung de la cinta, se entiende, no el personaje histórico), pero en el fondo tan injusto, tan triste, tan egoísta, tan inmaduro: he aquí el espíritu de nuestra época.

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