“Mátalos suavemente”: un cuento americano

Hasta el momento, la filmografía del director y guionista Andrew Dominik, compuesta solamente de tres títulos, evidencia la dialéctica de dos constantes en el seno de su producción: de un lado, el gusto por la historias de violencia que, como en las mejores películas de género noir, son trasfondo de las miserias de su realidad social y, de otro, una estilización visual tendente al preciosismo, al anticlímax y a la abstracción. Del choque de ambos extremos surge una narrativa muy potente, tan áspera como hipnóticamente deslumbrante, que sin embargo no termina de saber conciliar la tensión inherente a estos dos polos opuestos, de forma que peca de dispersión y artificiosidad y, a la postre, da a luz obras cuyo ritmo es incapaz de ajustarse de forma precisa a lo narrado.

En este sentido, la muy interesante Mátalos suavemente (2012) redunda tanto en las virtudes como en los defectos de su anterior cinta (El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, 2007), y, así, junto a momentos de una impecable realización (la secuencia del robo), encontramos otros de una delectación estéril y onanista (la secuencia del asesinato de Trattman). A estos defectos no es ajena la elección de Brad Pitt –un actor, digámoslo claramente, muy justo– como personaje central del relato. Afortunadamente, igual que el peso de la obra anterior de Dominik recaía en los hombros de un magnífico Casey Affleck (pese a la inexplicable Copa Volpi con que se galardonó a Pitt), en Mátalos suavemente el protagonismo coral permite soslayar el poco acierto en la plasmación de un personaje tan ambiguo como Jackie Cogan.

A la sazón, la coralidad de la historia viene propiciada por una narración que rehúye buscadamente la clásica estructura de introducción, nudo y desenlace para construir una trama a retazos, fragmentaria y turbia, con personajes actantes pero también espectadores y comentaristas de los acontecimientos inmediatamente anteriores (ejerciendo a la guisa de un coro griego). Esta forma de narrar, tan marcadamente posmoderna, es aún más chocante (y meritoria) en una película que, como esta, se adscribe a un género caracterizado por la férrea concatenación de causa y efecto; así, a partir del argumento clásico que la sustenta (la materialización de un arriesgado plan delictivo y sus nefastas consecuencias), la intriga avanza a base de los encuentros y desencuentros entre las personas que la pueblan, de ahí la abundancia de largas conversaciones construidas en planos y contraplanos.

Lo que Dominik logra plasmar de esta manera es un mundo deslavazado, caótico e ininteligible, que atrapa a sus criaturas y que, como un Moloch de nuestros días, transmutado en el ciego e insensible poder del capital, los devora sin apenas digerirlos. Emblema de ellos son los mensajes que, de fondo, se perciben sobre la crisis que asola el mundo desde las pantallas de televisión ante las que se reúnen los protagonistas, o en los anuncios que decoran las calles que transitan, o en las ondas que transmiten las radios de sus coches. En absoluta coherencia con esta visión de nuestra realidad, el filme se inicia in media res (con unos créditos que se entremeten bruscamente en la diégesis) y termina de forma asimismo abrupta: no hay explicaciones, no hay motivos, no hay culpables, solo la monstruosa maquinaria de quienes manejan los hilos.

De hecho, el terrible humor negro que destila la pieza no viene tanto de los diálogos absurdos que mantienen unas criaturas muy cercanas a la estupidez barriovajera y tetosterónica de Uno de los nuestros o Los Soprano (ahí está la presencia de Ray Liotta o James Gandolfini para recordárnoslo), ni siquiera del título de la cinta, que parafrasea la famosa canción de Roberta Flack “Killing me soflty with his song”, sino, sobre todo, del hecho de que un asesino a sueldo como Cogan demuestre más escrúpulos a la hora de desempeñar su trabajo que los que dirigen el mundo, encarnados en el personaje que interpreta un excelente Richard Jenkins; un hombre gris, insignificante, de un claro perfil funcionarial, corporativo, cuya careta de empatía y civilidad caerá en cuanto se toque el único tema que realmente le interesa: el dinero.

Mátalos suavemente es una gran película que, defectos de ritmo a parte, diagnostica con una precisión clínica la purulenta excrescencia que cimienta –gigante con pies de basura, más que de barro– nuestra sociedad, y que Cogan resume en una sola frase: “América no es un país: es un negocio.”

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