Venecia, la ciudad de los poetas

DSCN1002Fotografía tomada por Juanjo 'Egon Blant'.

Conforme se hace uno mayor, se multiplican las caras y los paisajes que uno ve. Las personas, a fuerza de constreñidas por hábitos sociales, acaban por repetirse; los lugares, también.Tal vez por ello, cada vez deviene más complicado lograr que nuestro espíritu se eleve en el gozo del descubrimiento, de la revelación, de la epifanía; lograr, en fin, esa emoción desnuda de la mirada primigenia de la infancia.

De ahí que la ciudad de Venecia, un archipiélago situado en el mar Adriático, al norte de la península Itálica, resulte tan excepcional. No es por su entramado de canales, puentes, callejas y plazoletas con pequeñas iglesias (una encantadora madeja a menudo imposible de desenmarañar para el neófito); o por su fastuoso patrimonio artístico, cultural y arquitectónico. Es por el milagro de su propia existencia.

Venecia es un milagro: el milagro de construir sobre un terreno pantanoso los cimientos de un ducado aristocrático, luchando de forma quijotesca contra las leyes de la naturaleza; el milagro de su hechizo de eterna juventud y de eterna decadencia; el milagro, en fin, del alma de la historia viva, continua, suspendida, inmutable y omnipresente que anima sus aguas, sus pavimentos, sus bóvedas, sus mármoles, sus guijarros.

Nunca olvidaré la primera vez que vi Venecia. Llegué con la línea de transporte marítimo que enlaza el aeropuerto de Treviso con la ciudad, y me bajé en la parada San Marco. Recuerdo, al descender de la lancha con mis maletas, que enseguida una sensación de extrañeza me invadió (luego comprendí que era la ausencia de una planificación urbanística para el tráfico y ese rumor de las corrientes roto solo por la vida humana, no por las máquinas). Eran cerca de las tres de la tarde, en un día de septiembre cálido pero nuboso. Algún rayo de sol se abría camino entre las nubes y se proyectaba sobre los dibujos geométricos de la parte superior del Palacio Ducal; las columnas de San Marcos y San Teodoro se erguían como dos guardianes silenciosos a su lado, imponentes pero cálidos, dándonos la bienvenida a los recién llegados. A la derecha, al fondo, el campanile era una saeta apuntando hacia el cielo, tan familiar para una barcelonesa y, al mismo tiempo, tan diferente, versión original y esbelta de las torres regaladas a mi ciudad natal con motivo de la Exposición Universal de 1929.

Anduve lentamente, con los ojos curiosos del turista, hasta la basílica de San Marcos, fascinada por sus cúpulas de estilo bizantino y sus portadas que, pese a la tenue luz del cielo nublado, a la mínima ocasión relucían sus dorados mosaicos. Por encima de la exótica y sensual estructura del templo, una bandada de palomas trazaba arabescos en el aire. En su danza gregaria, las seguí con la mirada hasta el lado izquierdo de la plaza San Marcos, y entonces la descubrí en toda su plenitud, vasta y alargada, cerrándose sobre sí misma en un rectángulo de arcadas blancas y tejados granates. Mi corazón se expandió, arrobado por la inesperada belleza, y en aquel momento supe que, como lord Byron, como Marcel Proust, como Herman Hesse, me había enamorado para siempre de Venecia.

Anuncios

Las opiniones son bienvenidas

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: