“La gran belleza” de Paolo Sorrentino: la tristeza de vivir

Decía Albert Camus en su ensayo El mito de Sísifo (1942) que “un mundo que podemos explicar, aunque sea con malas razones, es un mundo familiar. Pero en cambio en un universo privado de pronto de ilusiones y de luces, el hombre se siente extranjero. Es un destierro sin remedio, pues está privado de los recuerdos de una patria perdida o de la esperanza de una tierra prometida. Ese divorcio entre el hombre y su vida, el actor y su decorado, es propiamente el sentimiento de lo absurdo.”

La gran belleza 1

La plena vivencia de ese “sentimiento de lo absurdo” era lo que experimentaba el protagonista de La dolce vita (1960), Marcello Rubini (Marcello Mastrioianni), periodista del corazón que, al codearse por su trabajo con la jet-set romana, se sumergía cada vez más en su estilo de vida insustancial, decadente y vacuo, simbólicamente culminado por la raya gigante que toda su troupe encontraba varada en la playa.

La gran belleza 2

Sin hacer esfuerzo alguno por ocultarlo, el director Paolo Sorrentino, aliado con su coguionista Umberto Contarello, retoma el tenue hilo argumental y el paisaje espiritual de este clásico del maestro de Rimini en su última cinta, La gran belleza, para dar a luz una obra ambiciosa y poliédrica, sutil y lírica, melancólica y grotesca.

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Ante ello, lo primero que conviene señalar es que no estamos ante un remake encubierto de La dolce vita, sino que, volviendo a la cita del primer párrafo, la película del autor de Il Divo (2008) es a la de Fellini lo que Ampliación del campo de batalla (1994) de Michel Houellebecq es a El extranjero (1942) de Camus, esto es, una revisitación de sus temas en clave posmoderna, por tanto fundando los cimientos de su entramado referencial sobre el propio arte (el cine y la literatura en cada caso). A partir de aquí, ambas obras insertan en su seno nuevas reflexiones y sugerencias que las hacen, no solo válidas, sino realmente buenas.

La gran belleza

El protagonista de La gran belleza, Jep Gambardella (un estupendo Toni Servillo), es, como el Marcello del filme felliniano, un escritor y periodista asimilado por la vorágine de la alta sociedad romana. En un primer momento se podría creer que Jep encarna a Marcello con treinta años más; pero Marcello observa esa farsa de “una vida dulce” con una mirada inmisericorde, en la que no hay espacio para el perdón, puesto que ella es la responsable de haberlo convertido en ese alienado ontológico al que aludía Camus. En cambio Jep, aunque parece haber perdido definitivamente “la esperanza de una tierra prometida”, sigue aferrándose a “los recuerdos de una patria perdida”; y serán ellos los que, por su 65 aniversario, le llevarán a volver a añorar “la gran belleza” que inútilmente lleva años buscando para poder devenir un ser humano de nuevo ‒no un muñeco de cera‒, y así lograr retomar su olvidada capacidad creativa.

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En este sentido, La gran belleza describe la crisis existencial de un hombre ante la conciencia de su propia mortandad. Pero dicho hombre, como él mismo confiesa, no es un cualquiera, sino alguien que nació “destinado a la sensibilidad”: una expresión ilustradora del sentir del hastiado antihéroe ante ese rasgo de su psicología, que no vive como un don, sino como una maldición. Es este el motivo, y no otro, lo que explica ‒y excusa‒ su rápida rendición a la abulia y a la embriaguez.

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En efecto: la futilidad de la vida entre la clase alta romana es reflejo de “la aspiración a la nada” que señalaba Camus en otro fragmento de El mito de Sísifo. Jep, luchador diario, y vergonzante, contra la hiperestesia, se halla escindido entre la pulsión de muerte y la pulsión de vida; de ahí que, no por casualidad, cite varias veces el epistolario de Flaubert y su deseo de “escribir un libro sobre la nada (…); un libro casi sin sujeto, o al menos cuyo sujeto fuera (…) casi invisible.” Y es que la nada, la disolución, el abracadabra que lo haga desaparecer como hace su amigo mago con una jirafa en el Coliseo tira de él con la misma fuerza que los recuerdos esporádicos del primer amor, la casi fraternal relación con Ramona (Sabrina Ferilli) o el encuentro fugaz con Fanny Ardant.

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Por todo ello, La gran belleza es una película que bascula continuamente entre la comedia y la tragedia, entre la nostalgia y el sarcasmo, entre la elegancia discursiva y el abigarramiento sensorial, entre la sublimación poética y el feísmo hiperrealista, entre la exquisitez musical de piezas de Pärt, Taverner, Priesner, etc., y subproductos creados para las pistas de baile como “Mueve la colita”. La deslumbrante realización de Sorrentino, con unos hipnóticos movimientos de cámara que la hacen danzar al son de las imágenes (inevitable aquí evocar el lirismo visual de Malick), hace de esta unión de opuestos una argamasa narrativa dúctil y potente con la que construye tanto un bellísimo homenaje a Roma, ciudad mundana y espiritual por excelencia, como un canto conmovedor y elegíaco al paso del tiempo y un ambiguo agradecimiento al poder sanador, por decirlo así, del arte en general y del cine en particular.

La gran belleza 6

Y es que el cinematógrafo es el trampantojo más perfecto creado por el hombre, capaz de confundir nuestros sentidos hasta el extremo de hacernos creer en la realidad de un mundo completamente ficticio. ¿No es eso, en el fondo, la mejor metáfora de nuestra propia existencia? ¿Nada más que un mero “truco de magia”, según declara Jep con lucidez y melancolía?

La gran belleza 6

En su doble condición de partícipe y de observador de “la comedia humana” que le rodea, este escritor que no ejerce como tal ‒seguramente para evitar el sufrimiento que comporta la creación artística, en la antítesis del impulso proustiano al que sucumbe el personaje de Stefano (Giorgio Passotti)‒ adopta los ropajes del cinismo y de la ironía para preservar su dignidad al borde del abismo. ¿Y no es irrisorio que ese mundo aparencial se imponga sin que se extraiga de él ninguna verdad fenomenológica?

La gran belleza 8

Paradójicamente, quizá sea la honestidad de Jep en mirar las cosas tal y como son lo que sigue alentando su nunca marchita curiosidad y le permita avistar destellos de esa “gran belleza” nunca alcanzada pero siempre insinuada en la figura de una bella mujer, en la fe de una monja desdentada, en el féretro de un muchacho, en la arquitectura majestuosa de una ciudad eterna…

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