“Nightcrawler” de Dan Gilroy

El debut tras las cámaras del guionista Dan Gilroy no podía ser más prometedor. Y es que, si bien Nightcrawler no es un filme redondo, sin duda resulta más que satisfactorio para tratarse de una ópera prima.

Nightcrawler 1

Para empezar, se articula sobre una sólida base narrativa obra del propio Gilroy, cuya anécdota –ciertamente incómoda, cuando no brutal– se halla salpicada de tintes de un humor negrísimo; un verdadero acierto, ya que no solamente hace más llevadera la crueldad de lo narrado sino que, sobre todo, se imbuye del espíritu de la ciudad que retrata, Los Angeles, y de su principal industria: la del mundo del espectáculo.

Nightcrawler 2

En este sentido, conviene señalar que la cinta, en un alarde de “sadismo” pocas veces visto hasta la fecha, pronto deja claro que el show business que pretende retratar no es el de Hollywood, ni siquiera el de la feria de vanidades de Rodeo Drive, sino, simple y llanamente, el de los reporteros de sucesos de los noticiarios locales.

Nightcrawler 3

En efecto: la búsqueda de las imágenes informativas mejor pagadas por las cadenas, que siempre coinciden con las más morbosas y, en una palabra, “sangrientas”, sirve al director para llevar a cabo un retrato inmisericorde de la decadencia moral del rol del periodista, actualmente tan sometido a la audiencia –o a la venta de ejemplares o a las visitas en la web–, que ya no difunde al público noticias o contenidos de manera crítica, sino que se limita a ofrecerle lo que quiere, o al menos lo que los ejecutivos que manejan el cotarro creen que quiere, como si fuera un mero vendedor. ¿Y qué es lo que el periodismo de nuestros días “vende”? La respuesta no puede ser más descorazonadora: el dolor y el sufrimiento ajenos, cuanto más realistas y explícitos, mejor.

Nightcrawler 3 Rene Russo

Semejante proceder del denominado “cuarto poder”, que como tal tendría que seguir un estricto código deontológico, es sobre todo deleznable porque, más allá de alentar el placer enfermizo de una minoría, logra insensibilizar, a fuerza de saturación, pero también de pirotecnia visual, a la mayoría. Al convertir lo anecdótico en lo remanente y viceversa, el egoísmo y la insolidaridad de las sociedades modernas se ve aumentado exponencialmente junto al miedo y la paranoia, en una retroalimentación que hace a los habitantes de las grandes urbes cada vez más desconfiados, ignorantes y solitarios.

Nightcrawler 5

De ahí que el protagonista del relato, Louis Bloom (un eficaz Jake Gyllenhaal), devenga el más perfecto engendro del mundo que lo ha creado, un tipo antisocial que, a pesar de su nulo don de gentes, lucha por llegar a la cúspide de esa realidad que está acostumbrado a entender, a percibir, a vivir desde la distancia, bien sea en la pantalla de un televisor, bien de un PC. No en vano, Louis no destaca ni por su inteligencia ni por su talento ni mucho menos por su cultura, pues a menudo comete errores fáciles de evitar con un mínimo de sentido común, sus “reportajes” son técnicamente horrendos y suele repetir tópicos de autoayuda como si fueran dogmas de fe. Él mismo admite que todos sus conocimientos provienen de Internet, es decir, que de hecho son de segunda mano, caóticos, no contrastados y superficiales. Pero semejante bagaje, sumado a su ambición, su autoconfianza, su capacidad de adaptación y su falta total de empatía y escrúpulos, le hacen el más indicado para medrar en un ambiente que, mal que nos pese, se rige por esos mismos principios.

Nightcrawler 6 Bill Paxton

Sin duda, es fácil evocar aquí al Travis Bickle de Taxi Driver (1976), otro sociópata en busca del éxito que asimismo es reflejo de su contexto, en este caso el Nueva York de la década de los 70. Sin embargo, la pátina de patetismo del antihéroe del clásico de Scorsese, que en el fondo solo deseaba ser querido, desaparece por completo en Louis, que no busca el amor o la gloria, sino todo aquello que ofrece el dinero: sexo, envidia, poder, obediencia. Ello explica la irrupción del elemento cómico, ya que no asistimos al desarrollo de una tragedia, sino de una farsa, bien es verdad que amarga y mordaz.

Nightcrawler 6

Igual que los diferentes grados de amargura y mordacidad que, en esta línea, tienen las distintas versiones cinematográficas de la obra de teatro de Ben Hecht y Charles MacArthur, un referente ineludible cuando se trata de hablar sobre los peligros de la manipulación mediática: me refiero a Primera página (1928). Y para cerrar el apartado de referencias, sin duda es fácil hallar paralelismos también con El gran Carnaval (1951) de Billy Wilder, en la que otro periodista sin escrúpulos “manipula” la realidad –por decirlo suavemente– para hacerla más suculenta, y con Network (1976) de Sidney Lumet, gracias a su implacable radiografía del funcionamiento interno de un canal de TV, cuyos responsables no dudan en emplear incluso a un trastornado mental (como Bloom) si ello les reporta un sustancial beneficio.

Nightcrawler 7 Riz Ahmed

Según lo expuesto, Nightcrawler conjuga hábilmente una contundente crítica de nuestro presente con una trama que se vincula al thriller, y lo logra además no solo desde el plano argumental, sino también visual. Es sorprende que la realización de Gilroy, pese a su inexperiencia, sea tan precisa y correcta como intensa, y demuestre así una gran inteligencia para la dosificación de los recursos más llamativos, léase los picados y contrapicados y los planos largos durante la angustiosa secuencia en la mansión, o la cámara a ras del suelo en la trepidante persecución final.

Nightcrawler 8

A la postre, el único lastre del film es, irónicamente, su voluntad de llegar a un público amplio, que le lleva a la simplificación de muchas de las complejas ramificaciones morales, sociológicas, culturales… de la historia; encima, y dado que muchas de ellas se encarnan en los personajes secundarios, todos estos, sin excepción, son víctimas de un trazo maniqueísta y excesivamente grueso, lo cual resulta doblemente grave en una propuesta que, en general, se caracteriza por la profundidad y sutileza de sus diálogos. Sea como fuere, ello es peccata minuta en una película tan vigorosa, lúcida y amena, y cuya crítica no quiero cerrar sin hacer mención a la gran partitura de James Newton Howard.

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