“Aguas tranquilas” de Naomi Kawase

A pesar de ser una de las voces más personales y potentes del cine japonés contemporáneo, la filmografía de Naomi Kawase ha tenido una exigua distribución comercial en España, seguramente por el hecho de que su obra se enmarca dentro de una narrativa de autor de origen no americano que, encima, a menudo se ha concretado en el género documental.

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Por tanto, que Aguas tranquilas haya logrado estrenarse en nuestro país, aunque haya sido con bastante retraso y en salas minoritarias, siendo como es, además, una obra que no ha sido galardonada en ningún festival de cine de categoría A, se explica seguramente por la implicación en el proyecto como productor de Luis Miñarro.

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En este sentido, es de agradecer que el barcelonés haya participado en la pieza, pues ello ha permitido que podamos gozar en todo su esplendor de este bello drama que, articulado en torno a la típica historia de tránsito hacia la edad adulta –en este caso, de los dos adolescentes enamorados Kaito (Nijirô Murakami) y Kyôko (Jun Yoshinaga)–, se constituye en una poética y serena reflexión sobre el sentido de la vida.

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Según es habitual en su obra –véase El bosque del luto (2007) o Hanezu no tsuki (2011)–, Kawase emplea la naturaleza como reflejo, pero también como contraste, de las emociones y las cuitas de sus personajes, de forma que, si por ejemplo la ominosa sombra de una montaña simboliza la violencia que se agazapa en el interior de las personas, la tranquila inmutabilidad de los árboles milenarios recuerda la futilidad de nuestras congojas y la transitoriedad de la existencia humana.

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No en vano, esta visión del mundo enlaza con la tradición cultural de su país, donde los elementos de la naturaleza se encuentran deificados, y los hombres y las mujeres que la habitan pueden acceder a esa trascendencia que oculta a plena vista mediante la intuición, la iluminación y la meditación, dejando de lado el elemento racional y la erudición. Ello impregna la cinta de un misticismo panteísta a medio camino entre el zen Sōtō y el sintoísmo. De ahí que no es casual el hecho de que un personaje tan importante para la historia como la madre de Kyôko (Miyuki Matsuda) sea una chamán diagnosticada con una enfermedad terminal.

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La fuerza de la película, más que en su sencillo y honesto guion –obra de la propia realizadora–, radica en su deslumbrante plasmación visual, donde Kawase hace todo un alarde de narración sensorial y simbólica, que recuerda tanto a Mizoguchi como a Malick, para transmitirnos una filosofía de vida de forma directa y emocional; como si, simultáneamente a los personajes, nosotros también pudiéramos alcanzar el satori mediante la contemplación, en nuestro caso, del filme.

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Esta es la razón que explica el complejo entramado de referencias alegóricas que puebla la cinta, y que pivotan en torno a la imagen del agua. Sin duda, dicha imagen tiene implicaciones similares en todo el folklore universal (fuente de vida, de trascendencia, de amenaza…), pero es especialmente reveladora en Japón, nación isleña sometida a menudo a las inclemencias de un mar nada calmo. Desde el mismo título de la obra, pasando por su primer plano –las olas rompiendo en la orilla con la fuerza de un día de ventisca–, Kawase no oculta la importancia que este elemento tendrá en el relato, ambientado en la isla de Amami, incluso para definir a sus protagonistas; así, Kyôko es una muchacha valiente y extrovertida, que no duda en bañarse en aguas agitadas, aun con la ropa puesta, mientras Kaito, silencioso y sensible, es un chico criado en Tokio al que le da miedo el mar. Igualmente, la leve trama de intriga que cimienta la historia, se abre con un cadáver anónimo encontrado en el agua por Kaito, y no se cierra hasta la irrupción de un maremoto en la isla. El agua, pues, como origen de la existencia, pero también portadora de tsunamis, representa en sus alteraciones el círculo perpetuo de la vida y de la muerte, con sus momentos de “calma” (el amor, la risa, la música…) y de “agitación” (el odio, el dolor, la rabia…). Y, como en el devenir eterno de las mareas, la una no puede existir sin la otra, como sintetiza con su sabiduría popular el tío abuelo de Kyôko (interpretado por el veterano actor Fujio Tokita), al reverenciar al cordero que degüella.

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Según lo expuesto, Aguas tranquilas es una película que, en la estirpe de otros filmes en torno a una metáfora similar (el más obvio de los cuales es El río de Jean Renoir, pero el agua también tiene connotaciones simbólicas en obras como L’Atalante de Vigo, Amanecer de Murnau, La Strada de Fellini, Los cuatrocientos golpes de Truffaut, La Reina de África de Houston, La vida de Pi de Ang Lee, etc.), construye un discurso metafísico sobre dicho elemento natural de manera no especialmente original. Sin embargo, cargada como se halla de sensibilidad, poesía, delicadeza y emoción, el espectador se siente inundado –nunca mejor dicho– de paz y espiritualidad al acabar su visionado, con secuencias que quedan atesoradas en su retina para el recuerdo.

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  1. Estupenda reseña, Elisenda.
    Ya me gustaría tener acceso a este tipo de proyecciones —y de salas—, pero Huesca es lo que es: solo tenemos unos multicines que solo pasan las pelis de moda en unas salas claustrofóbicas cuyas incomodísimas butacas están hechas un asco, como consecuencia de que ahora —y hace tiempo— ir al cine parece que es ir de _pic-nic_: hay que masticar algo (y hacer mucho ruido), aunque no tengas hambre, y luego, por supuesto, dejarlo todo perdido. No sé cómo no los clausura Sanidad o alguna oenegé como, por ejemplo, Defensores del Séptimo Arte sin Fronteras.
    Menos mal que en primavera tenemos el Festival Internacional de Cine de Huesca, evento que recomendaría a todo el mundo, y que se desarrolla en un local estupendo: el Teatro Olimpia.
    P. S.: Gracias por linkarme en tu blog, Elisenda.

    • Hola, Paco:
      Mi cinefilia empedernida me impediría mudarme nunca a otra ciudad de España más pequeña. Lo que me cuentas tú me lo han repetido amigos de otras zonas del país. En cambio, el nivel de estrés y los precios que tenemos en Barcelona y Madrid hacen que os envidie a vosotros. Por desgracia, no existe la perfección… ¡Pero seguiremos buscándola!
      Gracias a ti por tu comentario y un abrazo.

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