Jarmusch sin límites

La última película de Jim Jarmusch constituye toda una declaración de principios del director estadounidense, tanto desde el punto de vista de la construcción formal y estructural del relato como del argumento y la temática del mismo.

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Un hombre trajeado, del que desconocemos el nombre (encarnado por Isaach De Bankolé, un habitual en la filmografía de Jarmusch), viaja al extranjero siguiendo las órdenes de otros dos individuos, para ser guiado por diferentes extraños –entre ellos, Tilda Swinton, Luis Tosar, John Hurt o Gael García Bernal– a lo largo de diferentes lugares, en una misión de la cual ignoraremos casi todo hasta el último tramo del filme. Esta trama de thriller conspiratorio, que otorga un exiguo envoltorio narrativo a la cinta, se convierte a la postre en una denuncia, lúcida y contundente, del materialismo feroz de Occidente, así como en un elogio de los outsiders –aquellos que no comulgan con las ruedas de molino del capitalismo neoliberal–, bien sean miembros de la inteligentzia (cineastas, músicos, científicos, actores…), bien oprimidos, desclasados o pobres.

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Sin embargo, el filme va más allá; la continua ostentación de su cualidad de artilugio simbólico –en tanto que yuxtaposición de imágenes con una ilación muy tenue– responde a una voluntad de trascendencia de la experiencia fílmica, como si fuera una obra de Bresson despojada de religiosidad e imbuida de postmodernidad. De ahí que el ritmo pausado prototípico de la narrativa de Jarmusch se estanque hasta casi detenerse en la mitad del discurso, para recuperar brillantemente el brío en su tercio final. Junto a ello, la primacía de unas formas reducidas a la mínima expresión, basadas en la reiteración, con leves divergencias, de planos, conversaciones y actos, enlaza con el deseo de llevar hasta sus límites diegéticos la película –como bien indica su mismo título–, para evidenciar el carácter de representación finita de la obra y, en última instancia, de la propia existencia. La omnipresente petenera “El que se tenga por grande” condensa de forma sencilla y emotiva la tesis que articula la cinta: la vida es imposible de aprehender, un espejismo abocado a la muerte, y sólo nos resta participar en ella como meros espectadores. La búsqueda de la esencia, de la desnudez, es un conato de devenir artífices, de hallar la verdad oculta, a través del intelecto y del corazón, y de dejar atrás superfluas “seguridades” como el dinero, la fama o el poder.

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Los límites del control no es una película para todos los gustos ni para todos los públicos; tampoco es una obra perfecta. De hecho, adolece de un cierto desequilibrio entre sus partes, seguramente motivado por el extrañamiento del paisaje, pues el realizador abandona los Estados Unidos para trasladarse a España (Madrid, Sevilla y el desierto de Almería). Y, como ya sucediera en Noche en la Tierra, los entornos ajenos a la tradición cultural del cineasta son retratados por él con sensibilidad, pero sin la convicción y la honestidad que caracterizan los suburbios de Extraños en el Paraíso, la América profunda de Bajo el peso de la ley o el periplo norteamericano de Flores rotas.

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Sea como fuere, y sin llegar a las excelencias de ese maravilloso western onírico y metafísico que es Dead Man, Los límites del control nos devuelve al mejor Jarmusch; al mago de los tiempos muertos, el primer plano y el plano detalle; al constructor de relatos deslavazados, minimalistas y, más que nunca, cercanos a la abstracción. No es casualidad, por tanto, la constante peregrinación del protagonista al Museo Reina Sofía ni el lienzo de Tàpies que cierra el catálogo pictórico –esto es, la alegoría representativa– del filme. Una obra que apela a nuestra inteligencia, para meditar más que para ver, audaz sin prestidigitaciones visuales y profunda sin pedantería. En definitiva, la lección maestra de un autor que ya ha llegado a un dominio absoluto de los resortes de su estilo y de su arte.

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