“El tercer asesinato” de Hirokazu Kore-eda

A la hora de encarar su último filme, el espléndido El tercer asesinato, el director Hirokazu Kore-eda, poco bregado en el género del suspense, muy posiblemente ha debido de tener en cuenta Rashomon (1950) de Akira Kurosawa, puesto que, igual que sucedía en esta obra maestra de su compatriota, a partir de la crónica de un crimen desarrolla una alambicada reflexión acerca del esquivo concepto de la verdad. Otra cosa muy distinta, no obstante, es la forma en la que ambos creadores desarrollan semejante temática, ya que la intencionalidad de cada una de las películas no puede estar más en las Antípodas.

En la cinta que nos ocupa, de hecho, su máximo responsable –también autor del guion– no se limita a hacerse eco de la famosa afirmación de Marco Aurelio (v. gr. «Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho. Todo lo que vemos es una perspectiva, no la verdad.»), sino que, sobre esta premisa, erige un melancólico drama de denuncia social, en el que disecciona, con una elegancia y sutileza capaces de confundir al menos avezado, la profunda crisis moral que padece el Japón de nuestros días; un mundo regido por unas formas –unos rituales– impecables, pero bajo los cuales solo hay relativismo ético, pacatería burguesa y egoísmo. De ahí, por ejemplo, que la mayoría de relaciones paternofiliales que aparecen en el relato sean destructoras o enfermizas, cuando no castrantes o prácticamente nulas; o que se hable de los condicionantes familiares y sociales del comportamiento individual como una teoría psicológica «pasada de moda».

“Sobre una trama de ‘thiller’ judicial, Kore-eda erige un melancólico drama de denuncia social, en el que disecciona la profunda crisis moral que padece el Japón de nuestros días; un mundo regido por unas formas impecables, pero bajo las cuales solo hay relativismo ético, pacatería burguesa y egoísmo”.

En su estilo habitual, el realizador tokiota construye un discurso de factura clásica y diáfana, donde predominan los primeros planos y el estatismo, y cuya narración apenas tiene digresiones en la continuidad y la lógica espaciotemporales. En verdad, hay solamente dos; y no por casualidad ambas están asociadas a la imaginación de su protagonista, Shigemori (Masaharu Fukuyama), un cínico abogado que, forzado por un compañero de bufete, se ve obligado a aceptar la nada halagüeña defensa, por lo perdida de antemano, de un asesino reincidente que, para más inri, ha confesado su nuevo crimen.

Kore-eda, cuyo universo siempre ha estado infinitamente más próximo al de Ozu que al de Kurosawa, marca el tono global de El tercer asesinato desde su secuencia de abertura, donde se recoge, con la supuesta «objetividad» que estamos acostumbrados a otorgar a unas imágenes sin marcas discursivas, contenidas y asépticas, el asesinato a sangre fría de su jefe por parte de Misumi (Kôji Yakusho), un maduro ex convito que, ante la repetición de un delito tan grave, probablemente vaya a tener que enfrentarse a la pena capital. Por ello, la intriga principal de la obra no gira en torno a demostrar la culpabilidad o inocencia del acusado, sino a la búsqueda de un hueco legal que le permita a su equipo de abogados esquivar tan fatídica sentencia.

Sin embargo, y en apariencia a la zaga del más manido thriller judicial de Hollywood, la investigación de Shigemori y los suyos para hallar un atenuante propicia que se empiecen a abrir interrogantes sobre la autoría del homicidio. El punto de inflexión de la anécdota, que desplaza su foco de atención desde la inefabilidad de los hechos hasta la del bien y del mal, se produce cuando Kore-eda pasa de describir los encuentros en prisión entre Misumi y Shigemori mediante una estructura de plano y contraplano casi imperativa –habida cuenta de que los separa un vidrio reforzado– a tomar a ambos hombres de perfil, posicionando la cámara en línea recta con dicho vidrio, con lo que no solo lo hace desaparecer, sino que coloca a defensor y defendido al mismo nivel.

“La cinta se cierra con una resolución ambigua, lo que no solo refuerza la idea de que desentrañar la verdad es imposible, sino que se pregunta […] dónde reside ésta y quién está capacitado para juzgarla dentro de una sociedad donde todo el mundo miente.”

No en vano, y desde ese momento, Shigemori se va situando paulatinamente fuera del constructo social y adopta sobre el mismo un punto de vista que cada vez se parece más al del marginado (al de Misumi). Ello explica que dude de las afirmaciones de sus colegas, que empatice con su cliente, que deje de importarle el descrédito laboral que puedan reportarle sus actos y que, en definitiva, se obsesione con encontrar algo que a ningún profesional de la justicia le interesa realmente: la verdad.

A la culminación del proceso de epifanía sufrido por Shigemori responde, en este sentido, su última conversación con Misumi, en la que, merced a un exquisito juego de luces y reflejos, el rostro del reo se superpondrá y fundirá con el de su visitante, en una metáfora visual tan sencilla como cargada de simbolismo, que redunda en una serie de temas apuntados a lo largo del metraje. Y es que, como le ha comentado el policía que detuvo a Misumi por su primer crimen (el doble asesinato de unos hermanos prestamistas, en un nada velado homenaje a Crimen y castigo de Dostoievski), el delincuente no era –nunca lo ha sido–, una persona violenta ni desagradable, sino alguien de aspecto normal, incapaz de sentir odio o rencor, y por eso neutro, sin pasiones: una «vasija». Pero…, «¿qué significa ser una vasija?», le preguntará Misumi a Shigemori en su charla final. Incapaz de responderle, esa es la pregunta que formula Kore-eda al espectador: una vasija es un continente, algo creado para que en su interior se viertan otras sustancias; en este caso, las opiniones, las esperanzas y los prejuicios de todos los que se hallan implicados en el proceso judicial.

Según lo expuesto, y aunque evoque, por su visión caleidoscópica de un crimen, a la citada Rashomon, en el fondo El tercer asesinato tiene muchos más puntos en común con Más allá de la duda (1956) de Fritz Lang. Primero, porque ambos filmes pertenecen al mismo género (el drama judicial contemporáneo); segundo, porque los dos cuestionan de manera inmisericorde los mecanismos del sistema y la terrible falta de humanidad que conlleva atenerse a un estricto legalismo; y, en última instancia, porque todos los personajes de ambas obras, sin excepción, terminan por ser copartícipes, cada uno a su manera, del crimen cometido. Lo que hace que El tercer asesinato, empero, le dé una vuelta de tuerca extra a tales reflexiones es el hecho de optar, inteligentemente, por una resolución ambigua, con lo que no solo refuerza la idea de que desentrañar la verdad es imposible, sino que se pregunta, igual que el personaje de Sakie (Suzu Hirose), dónde está la verdad y quién está capacitado para juzgarla dentro de una sociedad donde todo el mundo miente.

“Aunque el filme evoque, por su visión caleidoscópica de un crimen, ‘Rashomon’ (1950) de Akira Kurosawa, en el fondo tiene muchos más puntos en común con ‘Más allá de la duda’ (1956) de Fritz Lang.”

En resumidas cuentas, El tercer asesinato es una película compleja, ambiciosa y brillante, que emplea una narración minimalista, basada en los detalles, los gestos y las palabras, para ir saturando el discurso de unas cargas de profundidad que se evidencian incluso en los diálogos más triviales (léase el flirteo del padre del protagonista con su secretaria o la insistencia de Misuri de comenzar todas las conversaciones hablando del tiempo). A la postre, la pieza lanza una serie de cuestiones sobre los cimientos que sostienen el orden de los estados democráticos modernos, y que se resumen visualmente en ese plano general y aéreo de Shigemori en una encrucijada de caminos.

¿Es la mirada ajena la que le atribuye al criminal unas cualidades de las que en realidad carece? ¿Dónde está la justicia en asesinar a una persona, por muy culpable que sea? ¿Habría actuado igual el homicida con unas circunstancias vitales y socioeconómicas distintas? ¿Son las prisiones, en puridad, un instrumento de venganza o de rehabilitación? ¿Todo aquel que merece ser castigado recibe su castigo o algunos crímenes siempre quedan impunes? ¿Es el sistema justo cuando antepone su propio engranaje de funcionamiento al esclarecimiento de la verdad?

“¿Es la mirada ajena la que le atribuye al criminal unas cualidades de las que en realidad carece? ¿Dónde está la justicia en asesinar a una persona, por muy culpable que sea? […] ¿Todo aquel que merece ser castigado recibe su castigo o algunos crímenes siempre quedan impunes? ¿Es el sistema justo cuando antepone su propio engranaje de funcionamiento al esclarecimiento de la verdad?”

Para Søren Kierkegaard, ser engañado significa tanto creerse una mentira como negarse a creer una verdad. En cualquier caso, sea esta cuál sea, y parafraseando a Nadine Gordimer, al menos la voluntad de buscarla ya ennoblece a aquel ser humano que la persigue, con lo que El tercer asesinato, y pese a su tono oscuro y amargo, deja abierta una puerta a la esperanza: la de que cada uno de nosotros nos cuestionemos lo que la tradición, la convención, el hábito u otra clase de apriorismos nos marcan como correcto e incorrecto.

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