“La vida de Pi” de Ang Lee

Pocos directores instalados cómodamente dentro de los márgenes comerciales de la exigente industria cinematográfica han logrado construir una filmografía tan coherente y sólida como Ang Lee. A priori, semejante afirmación puede sorprender teniendo en cuenta que su trayectoria se ha desarrollado entre Oriente y Occidente, y que ha abordado sin complejos innumerables géneros, yendo desde la comedia de costumbres al drama romántico, pasando por el western, las artes marciales o el ámbito superheroico. Pero es que Lee, en la estela de Nicholas Ray, ha sabido emplear los más variopintos registros para exponer con honestidad e ingenio una serie de obsesiones recurrentes, adscritas todas ellas a una indagación ontológica de la condición humana.

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Dado, pues, que su obra se encuentra vertebrada por una reflexión inteligente y poética de los grandes temas que inquietan y definen al ser humano desde el nacimiento de su propia consciencia (el amor, la soledad, la mortalidad, el egoísmo, etc.), sus filmes siempre gravitan en torno a los personajes y los diálogos pronunciados por estos; de ahí la admirable solidez de los guiones sobre los cuales se construyen. Gracias a ello, ha cimentado una narrativa de coordenadas clásicas que, pese a su sutileza y sus cualidades evocadoras y hasta filosóficas, resulta accesible a un público mayoritario.

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Su último estreno en nuestras pantallas, la bellísima La vida de Pi, narra los avatares de un muchacho hindú que, víctima de un naufragio, pasará más de 200 días en un bote salvavidas en compañía de un tigre de Bengala; con semejante punto de partida, la pieza se constituye inicialmente en un canto a la capacidad de autosuperación y de inventiva del ser humano. Sin embargo, de forma paulatina, sin estridencia alguna, con una cadencia suave y rítmica digna de una composición musical dulce y perezosa, el filme se desliza hacia una emocionante disquisición sobre la fe, los inescrutables caminos de la divinidad y el sentido de la vida.

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La cinta, de hecho, es una nueva muestra del universo en apariencia fácil y ligero, pero en realidad muy profundo, de Lee, esta vez plasmado en un relato de aventuras en la estela de Julio Verne, por tanto imbuido de un sentido de lo maravilloso especialmente del gusto de niños y adolescentes, aunque su mensaje de fondo, de un amplio calado metafísico, posea una enjundia sobre todo comprensible para el sector adulto (no en vano, el protagonista desde niño hace una mezcla personal entre el cristianismo, el islamismo y el hinduismo; es conocido por el curioso nombre de Pi –un número irracional y trascendente como nuestra idea de Dios– y aparecerá leyendo libros como Memorias del subsuelo de Dostovieski y El extranjero de Camus).

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Si bien es justo señalar que, como acontecía con otras grandes adaptaciones literarias de este autor (pienso en Brokeback Mountain, 2005, o Sentido y sensibilidad, 1995), parte de las excelencias de la cinta se hallan ya en la obra en la que se basa –la novela homónima de Yann Martel– y en el gran guión de David Magee, es mérito exclusivo de Lee su talento a la hora de traducir en imágenes consistentes y evocadoras, sin castrantes fidelidades ni plasmaciones estériles y caligráficas, toda la fuerza del libro original.

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En este sentido, el director taiwanés es un verdadero maestro en el arte de dotar a cada secuencia, a cada plano, de una profundidad metafórica que, nunca de forma tan diáfana como en esta cinta de marcado componente fantástico, busca la revelación significativa mediante la invocación sensorial y cromática, la emotividad y la sugestión; un gusto por el sensualismo visual prototípico de la herencia cultural de Lee que explica el ritmo pausado del filme y las connotaciones simbólicas de sus imágenes, repletas de una estética onírica y preciosista, a la cual contribuye decididamente la delicada banda sonora de Mychael Danna y la espectacular fotografía de Claudio Miranda, así como los irreprochables efectos visuales que animan a Richard Parker (el pintoresco nombre del tigre) y al resto de animales que aparecen a lo largo de la trama.

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En resumidas cuentas, raramente una pieza sabe combinar con tanta habilidad, buen gusto y amenidad elementos en apariencia tan dispares como el humor, la tragedia, la aventura, la espiritualidad y hasta el horror; un horror que forma parte intrísenca de la naturaleza y, en tanto integrante de ella, del ser humano, algo que La vida de Pi nos recuerda sin dramatismo ni complacencia.

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