“The Master” de Paul Thomas Anderson: viajando por aguas turbulentas

Con el listón puesto muy alto por su último largo (esa absoluta genialidad conocida en nuestros lares con el desafortunado nombre de Pozos de ambición, 2007), llega a las pantallas españolas el esperado último filme de Paul Thomas Anderson, para quien esto escribe uno de los mejores directores del presente.

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The Master (2012) es, en realidad, una nueva confirmación del talento del realizador californiano, cuyo universo fílmico, a grandes rasgos basado en una indagación de las raíces psicológicas, sociológicas, culturales y hasta espirituales de los Estados Unidos, ha oscilado entre la sátira y el drama más descarnados para reflejar la absurdidad de una época marcada por el contraste entre el ideal del sueño americano y su plasmación real, que se traduce en una subversión de los valores del bien y del mal, donde se antepone el culto feroz al dinero, y al prestigio que comporta, al amor, la amistad, la honestidad, etc., y donde solo una selecta oligarquía parece llegar a buen puerto a costa del naufragio de una inmensa mayoría.

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Y es que precisamente de viajes, naufragios, escalas y términos trata de The Master, la historia de Freddie Quell (Joaquin Phoenix), un hombre cuyo contexto familiar y cuyo pasado reciente (participó en la Segunda Guerra Mundial) le han abocado al alcoholismo, al ostracismo social y a la soledad, hasta que conoce a Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman), el carismático líder de un culto místico (La Causa), que se hace llamar a sí mismo “The Master” (en inglés, recordémoslo, tanto “El maestro” como “El amo”). A partir de aquí, la película desgrana la intensa relación que se establece entre ambos para reflexionar acerca de la libertad, el fanatismo, la fe, la soledad y la redención; de ahí que el personaje interpretado por Seymour Hoffman nos recuerde a otros que ya han aparecido previamente en la obra de Anderson (como el Frank T. J. Mackey de Magnolia, 1999, o el Eli Sunday de There will be blood), y que Freddie Quell sea un outsider como asimismo lo eran el protagonista de Punch-Drunk Love (2002) o la panda de desclasados dedicados a una industria tan “antiamericana” como la del porno en Boogie Nights (1997).

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Retomando buena parte de los hallazgos temáticos y visuales de su anterior trabajo, Anderson los somete a un proceso de depuración que da lugar a una cinta extraordinariamente filmada, críptica e hipnótica, articulada sobre la metáfora de la vida como viaje, en este caso, acuático; no en vano, el primer plano del filme es el de unas aguas removidas (una imagen que se repetirá varias veces), mientras que Quell estuvo en la marina y, para colmo, el encuentro con Dodd se producirá en un barco (magnífica, por cierto, la presentación de este personaje, con un continente hierático y un batín carmesí de ecos demoníacos, cual un moderno Caronte). Asimismo, Quell deberá cruzar el océano para saber qué es lo que prefiere: la estabilidad emocional y la paz mental que le ofrece Dodd o el miedo y el vacío, pero también la libertad, que le da carecer de prejuicios, dogmas, ataduras y convenciones sociales.

The Master 4Como un Harry Haller a la americana (es decir, víctima de su condición y entorno vitales), Quell es un antisocial que, sin embargo, ansía la dicha y, por tanto, la calidez del afecto humano, pero que al mismo tiempo conoce demasiado bien la oscuridad que anida en el corazón de las personas, empezando por el suyo propio (véase su enfermizo gusto por la violencia), ante lo cual es incapaz de implicarse con su mundo como las normas –para él, absurdas e hipócritas– le dictan. Por ello, parece rehuir decididamente la felicidad que encarna Doris, una suerte de ideal platónico de la amada contrapuesto a su obsesión sexual, avivada por el puritanismo de su sociedad. A este respecto, otro plano recurrente ilustra su deseo amatorio imposible, el que lo recoge acurrucado tiernamente junto a un muñeco de arena con forma de mujer: una construcción artificial y sin sustancia, que se deshace al primer embate.

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Según lo expuesto, el poso amargo –aunque no desesperanzado– y la opacidad de The Master no la hacen apta para el paladar de todos los públicos. De hecho, la obra discurre por cauces más próximos a la abstracción poética que a la narración fílmica estándar, a lo que contribuye decididamente no solo su medido discurso visual, impecable en cuanto a la elección de los encuadres, sino también las portentosas actuaciones de Phoenix y Seymour Hoffman –merecidamente galardonadas en el Festival de Venecia–, la fotografía de Mihai Malaimare Jr. –en la que los claroscuros operan con una función simbólica desasosegante y reveladora–, la exquisita edición de Peter McNulty y Leslie Jones y la evocadora banda sonora de Jonny Greenwood. Todo ello propicia que el visionado de la cinta abra un conjunto de sugerencias alegóricas que vaya mucho más allá de la superficie de sus imágenes, esto es, de la mera reconstrucción de un momento decisivo en la historia de Estados Unidos como los años 50, una época de posguerra propicia para la disquisición metafísica, durante la cual florecieron lo que se ha dado en llamar “sectas”, pero que sería más acertado denominar “religiones paralelas”, puesto que todo culto es una secta mientras es minoritario y no se halla regulado e institucionalizado.

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En definitiva, ver The Master significa viajar: viajar con el protagonista pero, también, viajar a una forma diferente de entender el arte cinematográfico y, por tanto, viajar a nuestro propio interior. Y es que, si nos conduce a la salvación un falso profeta, ¿es por ello menos auténtica nuestra redención? ¿O será cierto que nadie puede vivir, como dice Dodd, “sin rendir cuentas a ningún amo”?

Artículo originalmente publicado en ‘Koult’ (07/01/2013)

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Un Comentario

  1. Jo, me vas a obligar a verla otra vez, y no me apetece nada… :P

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