“Oh Boy” de Jan Ole Gerster

La primera película de Jan Ole Gerster, Oh Boy, se articula en torno al periplo a lo largo de un único día por las calles de Berlín de Niko Fischer (Tom Schilling), un veinteañero que ha dejado sus estudios de derecho y que, sin embargo, no ha estado buscando trabajo porque, en sus propias palabras, hasta el momento se ha “dedicado a pensar”.

Oh Boy 1

Más allá de lo que dicha declaración tenga de boutade, en realidad es reveladora del estado de ánimo del personaje, que, superada ya la adolescencia, no sabe cómo encarar la edad adulta ni mucho menos encontrar su lugar en el mundo.

Oh Boy 2

Para incidir, justamente, en el sentimiento de desubicación, de alienación, de Niko, el realizador opta sabiamente por el blanco y el negro (lo que da un matiz abstracto, distante, a la realidad que rodea al joven) y por una estructura deslavazada del relato, construido a base de diferentes encuentros del protagonista con diferentes personas; unas relaciones que evidencian tanto la incomodidad de Niko ante cualquier tipo de compromiso sentimental –véase la intermitente relación con Elli (Katharina Schüttler) o el romance frustrado con Julika (Friederike Kempter)– como su rechazo hacia las figuras de autoridad –su pésima relación con su padre, el enfrentamiento con el psicólogo, la discusión con los dos guardias de seguridad del metro, su actitud ante el dramaturgo, etc.–.

Oh Boy 3

No en vano, Niko solo parece conectar realmente con aquellos seres humanos que, como él, son capaces de cuestionar su propia realidad, esto es, de desviarse, siquiera levemente, del camino por el que transitan. Teniendo en cuenta que dicho camino ha sido trazado por factores ajenos a la propia voluntad del individuo –educación, experiencias, edad, condición social…–, seguirlo ciegamente propicia una desasosegante sensación de extrañamiento, de estar recitando un papel para el cual no se está convenientemente preparado. De ahí que, no por casualidad, el arte de la interpretación se encuentre tan presente en la película, con momentos tan inteligentemente resueltos como la asistencia de Niko, en compañía de su amigo Matze (Marc Hosemann), al rodaje de un folletín amoroso ambientado durante la Segunda Guerra Mundial.

Oh Boy 4

Según lo expuesto, tanto el patético vecino del protagonista, la abuela del camello y Matze como, sobre todo, el anciano borracho con el que se encuentra nuestro “héroe” avanzada la noche son facetas de una misma incógnita, la eterna cuestión ontológica sobre: quién soy, quién quiero ser, de dónde vengo, a dónde me dirijo. Ante ello, y como no podría ser de otro modo si se pretende indagar en temas tan profundos y a la vez tan corrientes, la cinta adopta un tono tragicómico, de forma que, junto a momentos verdaderamente hilarantes, que casi rozan el slastic, el filme rezuma una honda melancolía, mediante la grisácea fotografía de Philipp Kirsamer, la sutil interpretación de Tom Schilling –compungido y silencioso la mayor parte del tiempo, como si sus frágiles hombros fueran los de un Atlas moderno– y el amargo desenlace que tienen la mayor parte de los encuentros (o, mejor dicho, desencuentros) que vive Niko.

Oh Boy 5

Tan amargos, conviene recalcarlo, como esa taza de café que intenta en vano tomarse desde la primera secuencia de la película y con la que, sintomáticamente, se cierra la misma. ¿Será, quizá, porque finalmente decide apurar ese “amargo cáliz” de la madurez? En verdad, ¿qué es madurar sino aceptar nuestra transitoriedad, nuestra futilidad, nuestra insignificancia? ¿Resignarse a la idea de la mortalidad, de la absurdidad última de todos nuestros desvelos y todos nuestros esfuerzos?

Oh Boy 6

En poco más de hora y media, pues, Oh Boy se plantea todos los grandes temas existenciales (amor, muerte, éxito, culpa, decepción…) con una amenidad y ligereza dignas de encomio. Bien es verdad que el guión sobre el que se asienta no es en absoluto un prodigio de originalidad –en sus peores momentos, incluso, algunas líneas de diálogo no pueden esconder su artificiosidad–; sin embargo, el tono intimista y autoconfesional que posee, en tanto obra del propio director, sumado a la elegante y precisa realización con el que se plasma, hacen de este filme una opera prima muy notable.

Oh Boy 7

Y es que, más allá de constituirse como la enésima mutación del relato de iniciación, la película atesora un homenaje impresionista al Berlín de nuestros días; un Berlín nada monumental, a veces hermoso pero a menudo destartalado, metrópolis multiétnica y multicultural de graffitis y flyers punteada a ritmo, coherentemente, de jazz.

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