“Z, la ciudad perdida” de James Gray

Desde los albores de la civilización, cuando no existía la tecnología de nuestros días y el planeta ni se homogeneizaba ni se contenía en las pantallas de los ordenadores, el explorador que se aventuraba a lugares remotos de la geografía terrestre, con no pocas dosis de temeridad, concitaba oleadas de admiración por parte de sus semejantes. Dado que eran individuos dispuestos a arriesgar todo cuanto poseían –empezando por sus vidas– para obtener unos réditos relativamente espurios, no es de extrañar que, a través del tiempo, artistas e intelectuales de lo largo y ancho del globo se hayan sentido fascinados por ellos. Desde Marco Polo hasta Neil Armstrong, desde Erik el Rojo hasta Jacques Cousteau, desde Francisco Pizarro a T. E. Lawrence, desde Robert F. Scott hasta Yuri Gagarin, son muchos los nombres que engrosan el listado de quienes se adentraron de forma voluntaria en territorios desconocidos en pos de una gloria cuya envergadura era directamente proporcional a los peligros que dicha incursión en lo ignoto comportaba.

Justamente, Z, la ciudad perdida de James Gray se centra en la figura real de uno de los últimos exploradores que la historia humana ha conocido, el teniente coronel Percy Fawcett (un solvente Charlie Hunnam), empecinado, a lo largo de varias décadas, en encontrar una ciudad escondida en lo hondo de la selva amazónica. De cara, pues, a abordar el análisis del filme, lo primero que conviene preguntarse es el sentido que a día hoy tiene erigir un homenaje a un personaje cuya motivación parece haber sido superada por el signo de los tiempos, dentro de nuestra realidad globalizada, cartografiada y milimetrada, medida desde satélites y drones, cuadriculada y computarizada, y constantemente vigilada y monitorizada. Quienes crean que se trata de un tema anacrónico, estarán olvidando, no obstante, que la filmografía del realizador neoyorquino, de una coherencia de difícil parangón, posee la inusual capacidad para trazar una serie de reflexiones atemporales sobre el alma humana en general –y sobre la americana en particular– mediante creaciones de una impecable factura formal y argumental.

“Si en principio puede resultar extraño que la primera incursión de James Gray fuera de la Gran Manzana se adscriba a la Inglaterra de principios del siglo XX y a la jungla amazónica, poco a poco se despliega ante el espectador la fastuosidad de un relato de aventuras exóticas en la línea de los mejores ejemplos del género, pero en cuyo interior palpitan algunas de las constantes de toda su producción.”

Por consiguiente, si a priori puede resultar extraño que su primera incursión fuera de la Gran Manzana se adscriba a la Inglaterra de principios del siglo XX y a la jungla amazónica, poco a poco se despliega ante el espectador la fastuosidad de un relato de aventuras exóticas en la línea de los mejores ejemplos del género, pero en cuyo interior palpitan algunas de las constantes de toda la producción de Gray, léase el individuo enfrentado a su contexto por una “tara” que lo margina –v. gr. la enfermedad de Joaquin Phoenix en Two Lovers (2008), la condición de inmigrante de Marion Cotillard en El sueño de Ellis (2013)…– o la inquebrantable fuerza de la voluntad humana a pesar de tenerlo todo en contra.

Es en este sentido, en el de ambivalente canto a la potencia de los sueños o de las metas individuales, en el que Gray construye una epopeya vinculada a la idiosincrasia del Nuevo Mundo, por mucho que esta vez Estados Unidos se encuentre fuera de la ecuación. Fawcett, marcado por el estigma de un pecado ajeno en el seno de una sociedad que todavía se regía por prejuicios de clase y herencia, hace de esa búsqueda casi lunática el vehículo de su redención personal y, por ende, de la de su familia. No en vano, Gray no duda en tomarse una serie de licencias respecto a los sucesos históricos para imprimirle a la cinta el tono épico y elegíaco que la caracteriza; ello explica, entre otras cosas, los homenajes nada velados a Aguirre, la cólera de Dios (1972) y Fitzcarraldo (1982) de Werner Herzog, ambas películas sobre monomaníacos igualmente obsesionados con la selva sudamericana, así como la estructura circular de la obra, con un sugerente principio analéptico y un final ambiguo, abierto y tremendamente evocador.

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De hecho, si por algo destaca el último trabajo de Gray es por su perfecto equilibrio entre clasicismo y modernidad, dado que, sobre el sostén de un guion cuya voluntad omnímoda evoca a la de las novelas decimonónicas, el director norteamericano teje un discurso en el que, paulatinamente, se introduce un elemento inquietante y ajeno, vinculado no por casualidad a ese mundo remoto y extraño avistado por Fawcett en la selva, lo que va otorgándole una delicada pátina fantastique a la narración. Desenfoques anómalos, bruscos movimientos de cámara, elipsis no marcadas, encadenamientos deslavazados o encuadres tan minimalistas que rozan la abstracción son algunos de los recursos estilísticos que el autor emplea para incidir en esa realidad-otra que convive con nuestra cotidianeidad sin que seamos capaces de percibirla, prisioneros de costumbres y rutinas, de apriorismos e injusticias, de responsabilidades y minucias.

“El último trabajo de Gray destaca por su perfecto equilibrio entre clasicismo y modernidad, dado que, sobre el sostén de un guion cuya voluntad omnímoda evoca a la de las novelas decimonónicas, el director norteamericano teje un discurso en el que, paulatinamente, se introduce un elemento inquietante y ajeno, vinculado a la selva, lo que va otorgándole una delicada pátina ‘fantastique’ a la narración.”

Sin duda, a ese “universo secreto” responde la peculiaridad de que el protagonista muestre la mejor versión de sí mismo en sus viajes a Brasil, descargado de su pasado y de la mirada de la sociedad biempensante, pero, también, de las comodidades de su hogar, enfrentándose a la trascendencia inhumana de la naturaleza pero no siendo víctima de ella, cual un Kurtz que hubiera sabido encontrar la belleza, y no el horror, en El corazón de las tinieblas. Solamente de vuelta a su casa, aflorarán en Percy prejuicios desechados en el salvaje abrigo de la selva, con lo que se establecerá una dolorosa dialéctica entre la vida, en apariencia idílica, “civilizada”, que lleva junto a su esposa Nina (Sienna Miller) y la existencia al límite en compañía de hombres de todas las razas y procedencias. No deja de ser irónico, pues, que James Murray (Angus Macfadyen), personaje que actúa en gran parte del metraje como némesis del protagonista, posea una mayor coherencia moral que este, por desagradable, pueril e inepto que nos resulte.

Y es que Gray, casi tan brillante escribiendo como dirigiendo, no olvida la demencia inherente que anida en el pecho de quienes emplean su existencia en un anhelo que, en última instancia, suele resultar tan quimérico como peligroso. Reveladora al respecto es la observación que Henry Costin (Robert Pattinson), hombre de confianza de Fawcett en sus periplos de ultramar, hace con relación al vacío que hay en el interior de su amigo, y que es el causante ulterior de que Percy esté dispuesto a arriesgar cuanto posee. Puede decirse, en consecuencia, que el dibujo que hace Gray de su héroe es una mezcla de los dos protagonistas de otra gran pieza sobre exploradores británicos: Las montañas de la luna (1990) de Bob Rafelson. Así, Fawcett reúne en su persona tanto al intrépido y curioso Richard F. Burton como al atormentado e introvertido John H. Speke, es decir, es a partes iguales un aventurero aguerrido de mentalidad abierta y universalista y un respetable y concienzudo oficial inglés.

En puridad, Gray configura dos mundos opuestos que colisionan en la psique de un “hombre de acción” de una forma dramática; o, más exactamente, y como bien señala el indio Tadjui (Pedro Coello) al inicio de la intriga, con la fuerza de una celda dorada, hasta el extremo de que Fawcett quedará para siempre escindido, con lo que su odisea devendrá metáfora del ánimo perpetuamente insatisfecho del hombre de nuestros días. Por eso su obstinación infectará como un virus no solo su presente sino su futuro; de ahí que su hijo Jack (Tom Holland) sea quien se empeñe en hacerle volver a la selva, o que Nina vea árboles tropicales en las escalinatas de la Sociedad Geográfica.

“Gray, casi tan brillante escribiendo como dirigiendo, no olvida la demencia inherente que anida en el pecho de quienes emplean su existencia en un anhelo que, en última instancia, suele resultar tan quimérico como peligroso. De ahí que configure dos mundos opuestos que colisionan en la psique de un hombre de acción de una forma dramática.”

Partiendo, en definitiva, del libro de investigación periodística de David Grann, con Z, la ciudad perdida, James Gray ha erigido un filme monumental y exquisito, ajeno a las modas y a las tendencias, y por eso mismo intemporal, que bebe del espléndido colosalismo de David Lean y de las obras magnas de algunos de sus habituales cineastas de referencia (Coppola, Cimino, Scorsese…), en el que todas las instancias discursivas, desde las más vistosas –v. gr. la fotografía de Darius Khondji o el singular uso de temas de Stravinski, Strauss, Ravel…–, hasta las más invisibles –v. gr. los paralelismo recurrentes establecidos entre los diferentes raccords– están al servicio de una historia que pretende retratar el fin de una era de soñadores, encarnada en alguien rebasado por un mundo cada vez más materialista y vulgar, más acotado; y no solo geográfica sino espiritualmente. Se trata, en fin, de una oda al gesto romántico desnudo y honesto, no importa cuán absurdo o pernicioso este sea; porque, en palabras de otro famoso viajero, aunque de ficción, Sir John de Mandeville, “le corresponde a todo hombre que desee ver lo maravilloso desviarse a veces del buen camino.”

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