“Puro vicio” de Paul Thomas Anderson

Que los universos de Thomas Pynchon y Paul Thomas Anderson tienen puntos en común es una evidencia para cualquiera que haya leído una novela del primero o haya visto una película del segundo. Epítomes de un posmodernismo abigarrado y críptico (la etiqueta que se emplea es la de “maximalismo”), su virtuosismo dentro del medio artístico en el que crean, su empleo de un vasto acerbo cultural en el que cualquier estilo y tema tienen cabida –desde el más liviano hasta el más profundo, desde el más tierno hasta el más obsceno–, y su vivisección inmisericorde de la sociedad americana –ergo, por extensión, del mundo moderno–, hacen de la novelística de Pynchon y de la filmografía de P. T. Anderson dos versiones paralelas de una realidad caótica, indescifrable y omnímoda.

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No es de extrañar, pues, que el realizador californiano lleve años queriendo adaptar una obra de Pynchon y que haya elegido para la ocasión una de las creaciones más accesibles del escritor neoyorquino, Vicio propio (2009), dado que se trata de una novela noir al estilo de los clásicos del género (Hammet, Chandler…), es decir, focalizada en un detective, “héroe” absoluto del relato, y en un misterio central que hace avanzar la trama, lo que sin duda facilita enormemente su conversión en imágenes… Aunque, por supuesto, se encuentre pasada por el tamiz voraz, alucinado y satírico característico de la pluma de su autor.

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Anderson ha sido capaz de traducir espléndidamente la prosa de Pynchon, al concretarla en una cinta densa y surrealista, a menudo al límite del absurdo, que indaga sobre el universo despojado de moral y, por tanto, tan disparatado como ridículo de nuestros días, surgido con el hundimiento del idealismo hippy y la ascensión de un egocentrismo nihilista que bascula entre la abulia y el hedonismo.

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De ahí las altas dosis de humor negro que destila la pieza pero, también, sus notas oníricas y paranoicas (gentileza del cannabis) y su hálito de melancolía, circunscrito sobre todo a dos ámbitos: los parlamentos de la narradora, Sortilège (interpretada por la cantante Joanna Newson), que permiten citar fragmentos enteros del rico lenguaje de Pynchon, y la relación del protagonista, el detective fumeta Larry “Doc” Sportello (enorme Joaquin Phoenix), con su ex novia Shasta Fay Hepworth (Katherine Waterston). Catalizadora de la historia y encarnación del eterno femenino, Shasta bascula entre la famosa dualidad Eva/Ave igual que algunas figuras del cine negro “turbias” pero positivas, como la Gloria Graham de Los sobornados (1953) o la Lauren Bacall de Tener y no tener (1944).

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En este sentido, Puro vicio puede definirse como una mezcla entre el El sueño eterno (1946), Boogie Nights (1997) y El gran Lewobski (1998). Se trata, pues, de un filme con una trama tremendamente enrevesada, en la que las sucesivas pistas abren nuevas líneas argumentales difíciles de seguir y, en general, se resuelven de forma poco convencional –igual que en el clásico de Hawks y en la emblemática comedia de los Coen–, mientras que ofrece un retrato de los Estados Unidos de los años 70 bajo la perspectiva de sus outsiders (drogadictos, matones, confidentes, supremacistas blancos, ex convictos, putas…), como ya hiciera Anderson en su segundo largometraje. Cabe señalar que, más allá de propiciar la hilaridad, dicha perspectiva permite criticar, en toda su malignidad y estupidez, el sistema de valores imperante.

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No es casualidad, por ejemplo, que un personaje como el detective de policía Christian F. “Bigfoot” Bjornsen (impagable Josh Brolin), en apariencia la némesis de Sportello, adopte hacia él una actitud tan ambivalente que vaya desde la saña gratuita hasta la fascinación casi homosexual. Además de propiciar algunos de los momentos más cómicos del metraje, los instantes que comparten en pantalla Brolin y Phoenix dejan constancia de la atracción del establishment por aquellos que, al vivir ajenos a sus reglas, son libres de una forma mucho más cercana a la pregonada por los mitos fundacionales de su nación.

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Una nación, por otro lado, regida por un cacareado “sueño” de autosuperación que convierte el altruismo en una desviación de la norma social, en una enfermedad; peor aún, en una “perversión”, lo que explica que se quiera “curar” al magnate Michael Z. Wolfmann (Eric Roberts) de él, pero no de sus otros “vicios”, esto es, su vinculación al tráfico de drogas, a la prostitución, a la estafa inmobiliaria, y un largo etcétera.

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Semejante ironía ya se refleja en el título original de la cinta y de la novela homónima, que en puridad deberían haber sido traducidas con el término de derecho mercantil “vicio redhibitorio”, en referencia a un defecto de fabricación inherente a un producto, pero que queda oculto para el comprador en el momento de su adquisición. ¿Qué es la sociedad norteamericana, sino una inmensa escenificación de esta figura legal? ¿No hay en sus cimientos ese “vicio oculto” y consustancial que ha minado, lentamente, cuanto había de bueno en su principio fundacional? ¿Y no se explica el final del filme como una compensación en virtud de la facultad de reclamación del comprador engañado?

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En cualquier caso, es cierto que, con Puro vicio, el director americano no ha llevado a cabo su obra más redonda, dado que se evidencia en ella una cierta impostación, a buen seguro fruto de la devoción con la que ha captado la esencia del original literario, que lastra tanto la faceta cómica como la crítica de la pieza.

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Ello no es óbice, sin embargo, para que estemos ante una película impecablemente realizada que, además, y más allá de su aparente cúmulo de dislates, ofrece una visión tan cruda como lúcida de la podredumbre moral del país-metrópolis del imperio global en el que vivimos, esclavizados y sometidos sin saberlo; una película donde, en definitiva, y parafraseando una conversación entre Sportello y Crocker Fenway (Martin Donovan), se hace patente que, a día de hoy, el respeto solo se consigue acumulando dinero y se pierde en cuanto uno acepta las trucadas reglas del juego, impuestas por los poderosos para favorecer solamente sus propios intereses.

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  1. Pues parece interesante. Yo era un fanático de Paul Thomas, pero “The Master” me resultó un regodeo excesivo en la basura contemporánea. Siempre disfrutaba con el esfuerzo de redención apesardetodo que destilaban sus personajes. ‘There will be blood’ ya se salía de aquella línea, pero suponía un análisis tan formidable de la figura titánica del emprendedor moderno, que no pude hacer otra cosa que admirar aún más al director. Pero ‘The Master’ era tan excesiva que acababa siendo una mala descripción de la situación actual, pobre caricatura de nuestro tiempo sin apenas interés (salvo por la impresionante actuación de Joaquin Phoenix).
    Mmm, veo que también tienes un análisis de esta película… Voy a echar un ojo ;)

    • Gracias por tus comentarios.
      Debo admitir que soy una gran admiradora de Paul Thomas Anderson, lo cual no quita que algunas de sus obras (p. ej. “Magnolia”) me parezcan irregulares. Sin embargo, incluso en las más “flojas” es incapaz de esconder su talento tras las cámaras (otras cosa es su habilidad como guionista…). De todas formas, y solamente por ser el autor de “There Will Be Blood” (en mi opinión, una de las más grandes películas hechas en décadas), ya tendría mi admiración.
      ¡Saludos!

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